1898: Cuando el cine uruguayo nació en el barrio Arroyo Seco
Arroyo Seco como cuna simbólica del cine nacional uruguayo: Arroyo Seco, 1898: el primer fotograma de la identidad uruguaya.

ARROYO SECO & WILMAN /Desde Montevideo EDUARDO MÉRICA para FMFUTBOL.
Hay fechas que no figuran en los calendarios oficiales, pero que fundan identidad. Momentos mínimos, casi invisibles en su tiempo, que con los años se revelan como actos inaugurales. Para el cine uruguayo, uno de esos instantes ocurrió en 1898, en el velódromo del barrio Arroyo Seco de Montevideo, cuando un armador catalán emigrado, Félix Oliver, tomó una cámara y filmó Carreras de bicicletas. No lo sabía entonces, pero estaba encendiendo la primera chispa de una historia que tardaría décadas en reconocerse a sí misma.
Ese gesto —registrar el movimiento, la velocidad, el esfuerzo humano— fue mucho más que una curiosidad técnica. Fue el nacimiento de una mirada. El cine uruguayo empezó a existir allí, en un barrio obrero, popular, atravesado por rieles, fábricas y sudor, lejos de los salones elegantes y de la solemnidad institucional. Arroyo Seco volvió a ser, sin saberlo, territorio fundacional.
Desde ese inicio, el cine en Uruguay cargó con una paradoja que aún hoy lo persigue: un cine ajeno al país o un país ajeno al cine. Con poco más de tres millones de habitantes, el mercado siempre fue insuficiente para sostener una industria cinematográfica al modo clásico. Pero no todo puede explicarse por la economía. Durante décadas, el cine nacional tampoco hizo demasiado por mirarse en su propia gente.
Los primeros films convivieron con el final de las guerras civiles, pero prefirieron mostrar damas elegantes paseando en landau, parques prolijos, postales amables. Mientras el país se transformaba con las reformas batllistas, el cine parecía mirar hacia otro lado. La literatura, la plástica, el pensamiento crítico avanzaban; el cine, en cambio, parecía condenado a la marginalidad o al olvido.
Sin embargo, esa es solo la historia oficial. Debajo de ella, como un río subterráneo, existió otro cine uruguayo, creativo, independiente, incómodo, muchas veces filmado en 16 mm, casi siempre sin público ni distribución. Un cine que dialogó con la Generación del 45, con el teatro independiente, con los cineclubes, con la Cinemateca, con una sociedad que pensaba, discutía y se interrogaba a sí misma.
Entre fines de los años 40 y comienzos de los 60 surgieron nombres hoy injustamente relegados: Tastás Moreno, Musitelli, Hintz, Mántaras, Beceiro, Bayarres, Gascue, Ulive, Enrico Gras, entre tantos otros. Films breves, documentales, ficciones austeras, pero cargadas de sentido. Ese cine no era industrial ni pretendía serlo: era expresión. Era identidad en construcción.
Los años 60 radicalizaron esa búsqueda. El cine se volvió urgente, militante, testimonial. Mario Handler, Mario Jacob, Walter Tournier y otros filmaron un país en tensión, atravesado por crisis económicas, luchas sociales y debates ideológicos. Ese cine no estaba de espaldas al país: estaba metido hasta el cuello en su realidad. Pero nuevamente, no fue visto. No porque no existiera, sino porque el sistema de exhibición nunca estuvo pensado para él.

Luego vino la noche larga de la dictadura. El cine, como tantas otras expresiones culturales, fue silenciado, fragmentado, exiliado. Hubo resistencia, hubo obras valientes, hubo documentos que hoy son memoria imprescindible. Y tras el retorno democrático, el audiovisual volvió a brotar, esta vez muchas veces desde el video, desde lo mínimo, desde la pura necesidad de decir.
Nunca hubo una industria cinematográfica estable en Uruguay, y probablemente nunca la haya. Pero eso no impidió que existiera cine uruguayo. Desde Pepita la Pistolera hasta 25 Watts, desde los documentales urgentes hasta las ficciones intimistas, el cine nacional siguió encontrando grietas por donde respirar.
Y en ese largo recorrido, vale volver al origen. Volver a Arroyo Seco, a aquel velódromo, a aquella cámara rudimentaria, a aquel inmigrante que filmó bicicletas sin saber que estaba inaugurando un lenguaje. Porque allí, en ese barrio tantas veces olvidado y tantas veces protagonista, el cine uruguayo empezó a existir.
No fue un acto grandilocuente. Fue simple, casi doméstico. Como casi todo lo auténtico en este país. El cine nació sin industria, sin leyes, sin apoyo, pero con algo más poderoso: una mirada propia intentando reconocerse.
Hoy, cuando se vuelve a discutir identidad, cultura y memoria, Arroyo Seco vuelve a envolverse en historia. No como postal, sino como raíz. Porque antes que las salas, antes que los premios, antes que las coproducciones, hubo una cámara y un barrio. Y eso también es Uruguay.
PIE DE EL VÍDEO: Primer película de Uruguay, Carrera de bicicletas en el velódromo de Arroyo Seco (1898 – 1901). Dirigida por Félix Oliver, es un cortometraje documental que registra una carrera de bicicletas en el velódromo de Arroyo Seco, ubicado en Montevideo. Considerada la pionera del cine en Uruguay, esta obra muda y en blanco y negro captura un evento deportivo de la época, mostrando a ciclistas compitiendo en un circuito. No hay una narrativa compleja ni personajes desarrollados, ya que su propósito era documental: registrar un momento de la vida cotidiana y el creciente interés por el ciclismo en el país a finales del siglo XIX. Con una duración estimada de pocos minutos, refleja el uso temprano del cinematógrafo como herramienta para documentar eventos públicos, marcando el inicio de la historia cinematográfica uruguaya.



