ODIO HEREDADO: LITO vs WILMAN, LA GUERRA BARRIAL QUE EL TIEMPO NO PUDO ENTERRAR
Este primer capítulo es histórico y picante, fiel al espíritu de Arroyo Seco y a esa rivalidad que no se apaga: “PERROS Y GATOS PARA SIEMPRE: LITO Y WILMAN, LA RIVALIDAD MALDITA DE ARROYO SECO”.“TRAICIÓN, DERROTAS Y RENCOR: EL CLÁSICO LITO–WILMAN QUE PARTIÓ UN BARRIO EN DOS”.

AMATEURISMO/Desde Montevideo Eduardo Mérica para FMFUTBOL.
Lito y Wilman: una herida abierta en el corazón de Arroyo Seco
En el barrio Arroyo Seco hay calles que dividen, esquinas que marcan pertenencia y colores que no se mezclan. No hace falta preguntar demasiado para saber de qué lado está cada uno. Basta con escuchar un apellido, una anécdota, una risa irónica o un silencio incómodo. Porque cuando se habla de fútbol barrial en Arroyo Seco, hay dos nombres que siguen chocando como placas tectónicas desde hace décadas: el Centro Atlético Lito y el Club Wilman.

No es solo una rivalidad deportiva. Es una historia cargada de memoria, de orgullo, de heridas mal cerradas y de relatos que pasaron de generación en generación, contados en mesas de bar, en veredas gastadas y en tribunas de tablones. Una rivalidad que no se explica con un resultado, ni con una tabla de posiciones. Se explica con la palabra que más duele en el barrio: traición.
Uno de los testigos de esa historia, de esos que escucharon el relato de boca de los viejos que “ya se tomaron el buque”, lo cuenta sin rodeos:
“Hay como cosas ancestrales que quedaron en el tiempo. Resulta que el Wilman surge de una separación de gente del Lito, o algo por el estilo. Entonces, en el Wilman jugaba gente del Lito. Y los que se iban para el Wilman eran traidores”.
Ahí está el núcleo del conflicto. El Wilman no fue visto como un club más. Fue visto, durante mucho tiempo, como una escisión, como una ruptura, como una afrenta directa al orgullo litense. Para muchos en Lito, el Wilman no era solo el rival: era el club de los que se fueron. Y en los barrios, irse no siempre se perdona.
Esa tensión fue creciendo con los años, alimentada por miradas cruzadas, comentarios al pasar y una competencia que se volvió casi personal. Y entonces llegó el momento que terminó de sellar la leyenda negra —o gloriosa, según de qué lado se mire—.
El enfrentamiento directo. El esperado, el temido, el que todos querían jugar. Lito contra Wilman.
“En un momento determinado se venía el enfrentamiento Lito–Wilman. Y el Lito quería, quería y quería romperle todo al Wilman… jugaron dos partidos. ¿Sabés cómo salieron? ¡Les ganó el Wilman las dos veces!”
Dos partidos. Dos derrotas. Dos golpes al orgullo que todavía retumban. Porque no fue solo perder. Fue perder contra los que se habían ido, contra los señalados, contra los que cargaban la etiqueta de traidores. Y eso, en el fútbol barrial, no se olvida nunca.
“Hasta hoy no lo pueden creer… y a mí cuando me lo contaron tampoco lo podía creer”, dice el testigo, todavía sorprendido.
Desde entonces, la relación quedó marcada. Como perros y gatos. Sin términos medios. Sin puntos de encuentro reales. Cada intento de acercamiento suena más a utopía que a proyecto concreto. Incluso cuando alguna voz aislada propone unir fuerzas, mancomunar gestiones o pensar el barrio desde otro lugar, la historia pesa más.
“Los litenses con el Wilman no quieren nada”, sentencia el relato.
Y quizás ahí esté la clave: no quieren nada porque quieren todo, porque cada club es identidad, es pertenencia, es memoria viva. Porque Arroyo Seco se construyó también desde esas diferencias, desde ese fuego cruzado que, para bien o para mal, mantuvo vivos a ambos.
Hoy, Lito y Wilman siguen mirándose de reojo. Siguen separados por algo más que una cancha. Los une el barrio, sí, pero los divide la historia. Una historia que no se borra, que no se negocia y que todavía se cuenta con asombro, con bronca y con una sonrisa irónica.
Porque en Arroyo Seco, hay cosas que cambian…
pero Lito y Wilman seguirán siendo Lito y Wilman.



