Antes de la canilla: el largo camino del agua en el Arroyo Seco
Capítulo I. De aljibes y cañerías: cuando el agua empezó a ser de todos en el Arroyo Seco

ARROYO SECO & WILMAN /desde Montevideo EDUARDO MÉRICA para Diario Uruguay.
Sentado en una de las mesas del Bar Santa Fe, sobre la esquina viva de Avenida Agraciada y General Luna, con el pocillo humeante entre las manos, dejo que el café marque el ritmo de la memoria. Afuera pasa Montevideo con su ruido cotidiano; adentro, en cambio, el tiempo se aquieta. Desde este rincón del Arroyo Seco, barrio de agua escondida y de historias soterradas, me dispongo a escribir otro capítulo de una saga que no siempre se ve, pero que siempre está: la historia del agua y de nuestro arroyo oculto.
No es casual estar acá. Este bar, como el barrio, se levanta sobre capas superpuestas de pasado. Bajo el asfalto, bajo las veredas, bajo las mesas donde hoy se conversa de fútbol o de política, sigue corriendo el Arroyo Seco, domesticado, entubado, invisibilizado, pero jamás derrotado. Y mientras revuelvo el café, pienso que así también ha sido la relación de Montevideo con el agua: primero necesidad vital, luego conflicto, después negocio, finalmente derecho… y siempre memoria.

El agua antes del agua “moderna”
El tomo I de esta historia —la que va desde la fundación de Montevideo a comienzos del siglo XVIII hasta fines del XIX— nos devuelve a una ciudad precaria, cercada por murallas y dependiente de pozos, aljibes y aguadas. El agua no llegaba sola: había que buscarla, cuidarla, defenderla. Las familias se organizaban alrededor del aljibe como hoy alrededor de la heladera. El aguatero era figura clave del paisaje urbano: conocía las fuentes, administraba recorridos, ejercía poder. El agua era social, política y profundamente desigual.
Desde este bar del Arroyo Seco imagino aquellas carretas avanzando por caminos de tierra, cargadas de toneles, cruzando zonas donde el agua dulce brotaba naturalmente. No es casual que los primeros asentamientos y decisiones estratégicas de la ciudad hayan estado ligados al acceso al agua. Montevideo nació mirando al puerto, sí, pero sobrevivió gracias a sus cursos de agua internos y periféricos.
El salto decisivo: Santa Lucía y la “fábrica del agua”
El relato cambia de escala cuando aparece la idea de traer el agua desde lejos. Abastecer a la ciudad desde el río Santa Lucía fue una decisión técnica, pero sobre todo política y cultural. Con la inauguración del sistema en 1871, el agua dejó de ser solo naturaleza y pasó a ser industria. Nació la noción de “agua moderna”: potabilizada, controlada, medida, tarifada.
El tomo II, que abarca de 1879 a 1952, narra el período en que el agua potable de Montevideo estuvo bajo gestión privada, en manos de la Montevideo Water Works Co., de origen británico. Desde esta mesa del Santa Fe, con la cucharita golpeando suavemente el borde del pocillo, pienso en esa tensión que aún hoy nos interpela: lo público y lo privado, el agua como mercancía o como derecho.
La expansión de las cañerías, las discusiones sobre calidad, las tarifas, las protestas de usuarios, las sequías y las epidemias —como el cólera— marcaron un largo aprendizaje colectivo. El agua ya no era solo cuestión doméstica: era salud pública, higiene, ciencia, ingeniería, poder.
Arroyo Seco: agua que trabaja y que recuerda
Mientras miro hacia Agraciada, entiendo que el Arroyo Seco fue testigo silencioso de todo ese proceso. Aquí el agua no solo calmó la sed: movió industrias, enfrió calderas, sostuvo fábricas, definió barrios. El arroyo, hoy oculto, fue arteria viva en la transformación de Montevideo en ciudad industrial.
Como bien señala la mirada holística de esta historia, el agua debe entenderse como hecho social total. En ella confluyen técnicos e ingenieros, políticos y empresarios, aguateros y amas de casa, científicos y obreros. También relaciones de género, discursos higienistas, debates en la prensa, miedos colectivos y esperanzas compartidas.
OSE y la estatización: el agua como bien común
La creación de Obras Sanitarias del Estado en 1952 marcó otro punto de inflexión. El agua volvió al ámbito de lo público, ya no solo como servicio, sino como símbolo de soberanía y justicia social. Desde entonces, la “fábrica del agua” de Aguas Corrientes se consolidó como corazón del sistema, extendiendo sus ramificaciones materiales y simbólicas hasta cada barrio, incluido este Arroyo Seco donde hoy escribo.
Las represas, los embalses, las plantas potabilizadoras del interior, los filtros rápidos, las nuevas tecnologías: todo forma parte de una historia que no es lineal ni cerrada. Por eso este relato dialoga constantemente con el presente: las floraciones de algas, las crisis hídricas, los nuevos proyectos sobre el Río de la Plata, las viejas discusiones que regresan con otros nombres.
Pasado, presente y sensibilidad
Hay algo profundamente humano en esta historia del agua. No es solo una cronología de obras y decretos; es también una narración de sensibilidades. Los dibujos, las fotografías, las “narraciones ficticias” basadas en documentos y memorias orales nos devuelven rostros, emociones, conflictos íntimos. El autor se mete en la historia, se deja atravesar por ella, como ahora me dejo atravesar yo por este barrio y por este café.
Desde el Bar Santa Fe, con el Arroyo Seco fluyendo invisible bajo mis pies, entiendo que conocer el pasado del agua no es un ejercicio académico: es una herramienta para imaginar futuros sustentables. El agua nos hizo ciudad, nos hizo barrio, nos hizo comunidad. Y seguirá haciéndonos, siempre que sepamos escuchar lo que aún murmura bajo el asfalto.
Apuro el último sorbo. Afuera sigue Montevideo. Adentro queda escrita otra página de esta larga, necesaria y profundamente nuestra historia del agua.



