Amateurismo

Arroyo Seco: espuma, ladrillos y memoria de la cerveza del barrio

Sigo caminando hoy el barrio Arroyo Seco y dialogando con ese pasado industrial cervecero que casi se diluye frente al auge de la cerveza artesanal.

ARROYO SECO & WILMAN /Desde Montevideo EDUARDO MÉRICA para DIARIO URUGUAY.

Sigo caminando por mi barrio de infancia. Las veredas ya no son las mismas, los ruidos tampoco. Donde antes retumbaban motores, calderas y silbatos de fábrica, hoy se escuchan conversaciones dispersas, bicicletas, algún bar que presume su cerveza artesanal como si la historia hubiera empezado ayer. Yo camino y recuerdo. Y anoto, como lo hice siempre, en mis cuadernos personales.

Porque en Arroyo Seco la cerveza no fue una moda: fue una forma de vida.

Durante más de quince décadas, la actividad cervecera marcó el pulso industrial, social y urbano de esta parte de Montevideo. Aquí se elaboraron, distribuyeron y soñaron cientos de marcas históricas, en un proceso que siempre estuvo ligado a la innovación tecnológica, al diseño fabril de vanguardia y a una competencia feroz que obligaba a pensar en grande. Mucho antes de que la palabra artesanal se pusiera de moda, la cerveza ya era ciencia, ingeniería y trabajo colectivo.

Camino por Entre Ríos y me detengo. En esta zona, definida hoy por la Intendencia como de uso mixto —residencial e industrial— se levanta lo que fue la planta principal de Fábricas Nacionales de Cerveza. Treinta mil metros cuadrados construidos, ocupando dos manzanas delimitadas por Entre Ríos, Jujuy, Santa Fe, General Luna y Paraguay. Pero todo empezó más chico, más humilde, aunque no menos ambicioso.

El establecimiento primitivo, de no más de cinco mil metros cuadrados, fue construido entre 1899 y 1900 para la Cervecería Nacional de Pajean, Brauer y Cía. Tenía su entrada por Entre Ríos 1060 y fabricaba una marca que todavía resuena en la memoria: Montevideana. Si uno mira con atención, todavía puede verse en lo alto de la pared principal una estrella de cinco puntas, símbolo del buen hacer cervecero. Es un detalle mínimo, pero habla de una época en la que hasta la arquitectura tenía orgullo.

En 1907 el edificio fue remodelado y pasó a llamarse Cervecería Montevideana de Eduardo Armanino y Cía. Cuatro años después, la fábrica se amplió bajo una sociedad anónima integrada por Francisco Ameglio, Carlos Anselmi, Enrique Queirolo y Domingo Lanza. Aquella etapa marcó un récord: tres millones de litros de cerveza anuales. Para el Uruguay de entonces, era una hazaña.

El barrio acompañaba. Los carros tirados a caballo, los depósitos de hielo, el ir y venir constante de trabajadores daban a Arroyo Seco una identidad fabril inconfundible. La cerveza no era solo una bebida: era salario, oficio, pertenencia.

En 1922 llegó una transformación decisiva: la creación de Cervecerías del Uruguay, fruto de la fusión de la Montevideana con su principal competidora, la Uruguaya. La empresa llegó a operar tres plantas fabriles —Entre Ríos, Asunción y Yatay— esta última con restaurantes, parque recreativo y expendio popular. En 1926 se alcanzaron los cinco millones de litros producidos y un pico laboral de quinientos empleados. El barrio era una colmena.

Al año siguiente se inauguró el Palacio de la Cerveza y se modernizó el edificio de Asunción, obras del arquitecto Juan M. Delgado, pionero del Art Déco industrial aplicado a cervecerías. Delgado también participó en la ampliación definitiva de Entre Ríos, que ya ocupaba toda la manzana hasta Paraguay. Arroyo Seco era arquitectura, industria y modernidad.

En 1932 nació Fábricas Nacionales de Cerveza, resultado de la unión de Cervecerías del Uruguay con la Oriental de Numa Pesquera. Por entonces, la planta de Entre Ríos todavía tenía un solo piso, galpones amplios y un anexo para la caballada que tiraba los carros de distribución. La administración se ingresaba por la legendaria puerta de Entre Ríos 1066. Las envasadoras se desplegaban entre Jujuy y Santa Fe; la expedición, por Paraguay.

Recuerdo las fotos: carros de hielo, camiones White y Commer, Ford A y B, voituretas Chevrolet de los supervisores. El barrio estacionado alrededor de la fábrica, como si la vida girara en torno a esas paredes.

No hubo grandes reformas hasta 1956, cuando se construyó un primer piso para alojar áreas productivas y la sala de máquinas. La reinauguración de 1959 marcó una reconversión industrial profunda, liderada por el ingeniero Francisco Ameglio, que apostó a centralizar toda la operativa en Entre Ríos. Fue una decisión dura, pero necesaria para sobrevivir.

Caminar hoy por estos edificios es entender la inteligencia con la que fueron pensados. En el sótano, seis metros bajo tierra, las paredes de piedra ahogada selladas con bentonita —una arcilla usada ya por los romanos— siguen cumpliendo su función: no entra agua. Los ladrillos aislados con corcho y alquitrán mantienen temperaturas estables. Por debajo, corre el Arroyo Seco, invisible pero presente, como siempre.

La modernización continuó sin destruir la memoria. Se adaptaron áreas administrativas, se incorporó tecnología global, se respetó una evolución dinámica. La recepción se transformó en escaparate audiovisual; el área del maestro cervecero quedó estratégicamente vinculada a la planta y al control de calidad. El segundo piso se volvió un gran espacio abierto donde marketing y ventas pasaron a ser el alma del negocio.

En 1987 se instaló una planta de recuperación de gas carbónico; en 2009 se modernizó para cumplir exigencias ambientales de primer nivel. “El agua sale siempre limpia”, dicen quienes saben. En una ciudad, eso no es un detalle menor.

Mientras camino, pienso en las chimeneas, verdaderas obras maestras de ingeniería; en la sala de cocimiento, adaptada a tanques de 300 toneladas sobre un suelo atravesado por napas y arroyo; en la caballeriza de General Luna convertida en garaje; en las viviendas de funcionarios siempre disponibles. Todo tenía sentido. Todo estaba vivo.

Y entonces, inevitablemente, aparece Minas, la planta de Patricia, hermana serrana de Arroyo Seco. El agua del Solís Grande, la Fuente del Puma, el diseño Art Déco tardío, las palmeras butiá, el orgullo minuano. Patricia no es solo una cerveza: es territorio, identidad y pertenencia.

Hoy, mientras la cerveza artesanal gana espacio y discurso, este pasado parece diluirse. Pero no está borrado. Vive en los ladrillos, en las estrellas, en las chimeneas, en los nombres, en la memoria del barrio.

Sigo caminando por Arroyo Seco. Ya no huele a malta ni a lúpulo, pero si uno sabe mirar, todavía hay espuma en la historia.

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