Arroyo Seco, la casa que resistió al tiempo y a la desmemoria
El Arroyo Seco guarda capas de historia que solo aparecen cuando alguien se detiene a mirar. Hoy lo hice. Me detuve. Miré. Y entendí algo simple pero poderoso: si esta casa sigue en pie, es porque siempre se está a tiempo. A tiempo de actuar. A tiempo de rescatar. A tiempo de honrar lo que nos dejaron quienes caminaron estas calles antes que nosotros.

ARROYO SECO & WILMAN/Desde Montevideo EDUARDO MÉRICA para DIARIO URUGUAY.
Hoy volví.
Volví caminando despacio, casi en silencio, hasta la esquina de Avenida Agraciada y San Fructuoso, esa pendiente histórica donde la ciudad parece inclinarse para escuchar lo que todavía dicen las piedras. Me paré allí, en el mismo lugar donde tantas veces pasé de niño, cuando la casa parecía vencida por el abandono, carcomida por los años, las lluvias y la indiferencia del Estado.
Y esta vez no sentí tristeza. Sentí alivio.
La casa de Antonio Baltasar Pérez, esa mansión venerable del siglo de la fundación de Montevideo, ya no agoniza. Sus techos no están hundidos, sus muros no sangran grietas, sus aposentos oscuros fueron reparados. Hoy funciona allí una escuela. Hay voces, pasos, futuro. Y eso, en un país que tantas veces deja morir su patrimonio, es casi un acto de rebeldía.

En la década del sesenta y más adelante, quienes crecimos en el barrio la conocimos como un recinto prácticamente irrecuperable. Allí vivía una familia humilde; recuerdo a las dos niñas Rivero, compañeras de escuela en la Nº 78 Joaquín Suárez, de Agraciada y Olivos. Para nosotros era una casa vieja más, sin saber que detrás de esas rejas oxidadas dormía una página decisiva de la historia nacional.
Hoy, frente a esas mismas rejas asomadas al trajín urbano, la memoria vuelve completa. Los muros todavía guardan, como un eco, el grabado de Besnes e Irigoyen, y sostienen algo más profundo: el peso de una firma que cambió el destino del Río de la Plata.
Porque en esta casa del Arroyo Seco, el 20 de junio de 1814, se firmaron las condiciones para la rendición de la plaza de Montevideo, último reducto español en la región. Aquí estuvieron Carlos María de Alvear, general en jefe del Ejército del Este de las Provincias Unidas, y los diputados españoles Juan de Vargas, José Acevedo, Miguel Antonio Vilardebó y José Gestal, mientras el capitán general Gaspar Vigodet se reservaba la ratificación final.
No es un mito.
No es una versión.
Conseguimos el documento suscrito en esta casa, en este mismo suelo que hoy pisan niños camino a clase.
Pensar que este lugar estuvo al borde de desaparecer y duele con solo pensarlo. Porque esta casa no es solo una construcción antigua: es un testimonio vivo de un tipo de arquitectura que debió ser preservado y que, durante décadas, nadie cuidó. La casona de Agraciada 2752, levantada por Antonio Baltasar Pérez y luego residencia de la señorita María Iglesias, fue escenario de un hecho trascendental que permaneció demasiado tiempo oculto para el gran público.

El Arroyo Seco siempre fue eso: un territorio donde la historia pasó sin pedir permiso. Desde los manantiales de agua dulce que abastecieron a la Montevideo naciente, pasando por las chacras de los primeros pobladores, hasta los saladeros del siglo XVIII y la industria lanera que transformó el barrio en motor económico. Por aquí circularon inmigrantes, obreros, conflictos, progreso y olvido.
Este arroyo —que ya no vemos pero sigue latiendo bajo la ciudad— fue clave en la expansión de Montevideo. De zona natural a enclave industrial, y luego barrio residencial, el Arroyo Seco guarda capas de historia que solo aparecen cuando alguien se detiene a mirar.
Hoy lo hice. Me detuve. Miré. Y entendí algo simple pero poderoso: si esta casa sigue en pie, es porque siempre se está a tiempo. A tiempo de actuar. A tiempo de rescatar. A tiempo de honrar lo que nos dejaron quienes caminaron estas calles antes que nosotros.
El Arroyo Seco no es solo un barrio.
Es memoria resistiendo.
Y esta casa, finalmente salvada, es la prueba.




