Amateurismo

Arroyo Seco: La esquina, el agua y la ciudad que empezó a tomar forma

Capítulo III. El agua que nos fundó: Arroyo Seco, memoria líquida de un barrio y de Montevideo

ARROYO SECO & WILMAN /Desde Montevideo EDUARDO MÉRICA para DIARIO URUGUAY.

Apoyado en el mostrador gastado del Bar Santa Fe, en la esquina de Avenida Agraciada y General Luna, saboreando una muzzarela a caballo —con ese borde de fainá inconfundible, bien crocante, como manda la liturgia del barrio— me dispongo a escribir otro capítulo de la historia del agua y de nuestro arroyo oculto. Frente a mí, el bar respira décadas: el murmullo bajo, el tintinear de tazas, el vapor que se eleva del café recién servido. Afuera, la Agraciada baja en pendiente, como si todavía buscara el cauce antiguo que alguna vez la ordenó.

Levanto el celular y le saco una foto a esta esquina para la eternidad. No es solo una imagen: es un gesto consciente. Porque este lugar también está hecho de agua, aunque hoy no se la vea. Debajo del pavimento, bajo el damero urbano, sigue latiendo la memoria líquida del Arroyo Seco, ese curso que dio nombre al barrio y que hoy corre oculto, paciente, como la historia misma.

Mientras mastico despacio, pienso que esta esquina resume siglos: el agua que no alcanzó, la leña que faltó, las decisiones políticas tomadas a la distancia, y la obstinación humana por fundar una ciudad allí donde parecía imposible.

La expedición de Hernandarias, aquella que en 1607 había vislumbrado la importancia estratégica de estas tierras, no continuó hacia el este. Remontó unos kilómetros el río Santa Lucía y permaneció en tierra por más de seis meses hasta alcanzar el salto del río Uruguay. El proyecto fracasó. Los españoles no se instalaron en la margen izquierda del Plata. Apenas habían pasado treinta años desde la fundación definitiva de Buenos Aires, y Montevideo seguía siendo una promesa aplazada.

El río Santa Lucía, admirado por navegantes y soldados, fue rebautizado por Hernandarias con el nombre de la santa del día cuando arribó a su desembocadura el 13 de diciembre de 1607. De cómo lo llamaban los charrúas, no quedó registro. Como tantas otras cosas, ese nombre se perdió con ellos, disuelto en el tiempo y en el agua.

Hubo nuevos intentos. Durante el gobierno de Don Francisco de Céspedes, designado gobernador y capitán general del Río de la Plata en 1623, volvió a tomar fuerza la idea de fundar Montevideo. Céspedes se apartó de la violencia sistemática y ensayó una política de acercamiento pacífico hacia los pueblos originarios. El componente religioso fue central: Fray Juan de Vergara cruzó el Plata en 1625, estableció reducciones, bautizó a centenares de indígenas y abrió un canal de diálogo inédito.

Pero ni siquiera ese esfuerzo bastó. Céspedes escribió al rey Felipe IV en 1626 defendiendo con argumentos sólidos la necesidad estratégica de Montevideo: un puerto natural profundo, protegido, capaz de albergar decenas de navíos. Sus cartas no tuvieron eco inmediato. Pasaron décadas. El tiempo político no coincidía con el tiempo geográfico.

El café se enfría un poco. Pido otro. El mozo no pregunta nada: sabe que estoy escribiendo. En este bar, el tiempo también corre distinto.

En 1680, la historia dio un giro decisivo. Los portugueses remontaron el Río de la Plata y fundaron Colonia del Sacramento. Aquella avanzada puso en alerta definitiva a las autoridades españolas. Montevideo dejó de ser una hipótesis para convertirse en una urgencia. Sin embargo, otra vez, las dudas se repitieron: faltaba agua, faltaba leña, sobraban informes contradictorios.

Los propios portugueses lo sabían. Thomé de Almeida e Oliveira señalaba la abundancia de ganado, leñas, aguas y peces, pero otros funcionarios advertían lo contrario. En 1694, Naper de Lancastre describía a Montevideo como un sitio ideal desde el punto de vista militar y marítimo, pero advertía una carencia crítica: el agua era escasa, distante, insuficiente para sostener una población numerosa. Esa tensión entre posibilidad y límite atravesó todo el siglo XVII.

Las discusiones no eran teóricas. Eran debates sobre supervivencia. Sin agua, no hay ciudad. Sin leña, no hay fuego. Sin ambas, no hay asentamiento posible.

La indecisión portuguesa y las marchas y contramarchas diplomáticas hicieron que el siglo XVII terminara sin Montevideo fundada. Recién con la llegada de Felipe V al trono español y los conflictos renovados con Portugal, el escenario cambió definitivamente.

El punto de quiebre llegó en noviembre de 1723, cuando una fuerza portuguesa al mando de Manuel de Freytas Fonseca se instaló en la península. Fue entonces cuando la historia se aceleró. El aviso de Pedro Gronardo a Buenos Aires permitió a Zabala reaccionar con rapidez. La retirada portuguesa en enero de 1724 dejó el terreno libre para que, por fin, flameara la bandera española.

El 20 de enero de 1724, las fuerzas de Zabala desembarcaron en Montevideo. Noventa años después, esa bandera sería arriada para siempre. Pero en ese momento, lo que nacía era una ciudad marcada desde su origen por el agua: por su falta, por su búsqueda, por su administración.

Zabala ordenó trazar las cuadras. Pedro Millán repartió solares y chacras. Montevideo dejó de ser un campamento militar para comenzar a pensarse como ciudad. Y en paralelo, empezaron a organizarse las primeras formas de abastecimiento: pozos, aljibes, aguateros, fuentes precarias que marcarían durante décadas la vida cotidiana.

Pienso en Pedro Gronardo, aquel mensajero involuntario de la historia, que luego sería dueño de la primera pulpería de Montevideo. Pienso en su muerte absurda, en la explosión de un cañón, y en la de su socio Pistolete, ahogado en el río Santa Lucía. El agua, otra vez, como origen y como final.

Termino la muzzarela. Apoyo los codos en el mostrador. Este bar, esta esquina, este barrio, son herederos directos de aquellas decisiones. Bajo mis pies, el Arroyo Seco sigue su curso entubado, invisible, como un recordatorio silencioso de que Montevideo se construyó sobre agua, con agua y a pesar del agua.

Escribo la última línea del capítulo mientras afuera pasa un ómnibus y la tarde cae sobre Agraciada. El Bar Santa Fe sigue ahí, firme, como un mojón de memoria. Y yo también, testigo mínimo de una historia inmensa, dejo constancia: aquí, en esta esquina, el agua todavía habla.

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