Donde nació la pelota antes del negocio: crónica del fútbol amateur paraguayo
Durante esos primeros años, el fútbol paraguayo se organizó bajo estructuras amateurs, como la Liga Amateur de Football, que fue el escenario natural donde se desarrollaron decenas de equipos que hoy no figuran en las vitrinas, pero sí en la memoria profunda del deporte nacional.

MUSEO CHACARERO/Desde Montevideo EDUARDO MÉRICA para FMFUTBOL.
El fútbol paraguayo no nació en estadios colmados ni bajo reflectores. Nació en patios de tierra, en baldíos prestados, en barrios que todavía no sabían que estaban escribiendo historia. Antes de los contratos, antes de las transmisiones y del profesionalismo, hubo hombres comunes, camisetas cosidas a mano y una pasión que no pedía permiso. Allí, en ese territorio invisible para los grandes titulares, se forjó el fútbol amateur paraguayo.
A comienzos del siglo XX, Paraguay empezaba a descubrir una novedad traída por extranjeros, sobre todo europeos, que no imaginaban el impacto cultural que iban a dejar. William Paats, neerlandés, es señalado como uno de los grandes impulsores del juego, pero rápidamente la pelota dejó de ser ajena y pasó a ser paraguaya. En 1902 nació Olimpia, el club más antiguo de Sudamérica, y con él se encendió una llama que se expandió sin distinción de clases ni fronteras sociales.
Guaraní (1903), Nacional (1904) y tantos otros clubes comenzaron su vida en un contexto absolutamente amateur. No había premios ni rentas: se jugaba por orgullo, por pertenencia, por el barrio. El fútbol era una extensión de la vida cotidiana, una forma de encuentro, de disputa simbólica y de identidad.
Durante esos primeros años, el fútbol paraguayo se organizó bajo estructuras amateurs, como la Liga Amateur de Football, que fue el escenario natural donde se desarrollaron decenas de equipos que hoy no figuran en las vitrinas, pero sí en la memoria profunda del deporte nacional. Allí, clubes como Silvio Pettirossi, fundado en 1926, construyeron una historia silenciosa pero imprescindible. No todos estaban destinados a llegar a Primera, pero todos eran necesarios para que el fútbol creciera.
Los campos no siempre tenían tribunas. A veces ni siquiera tenían arcos fijos. Sin embargo, el compromiso era total. Los jugadores trabajaban durante la semana y defendían los colores los domingos, con un sentido de pertenencia que hoy parece de otro tiempo. El amateurismo no era precariedad: era convicción.
Con el paso de las décadas, el fútbol amateur acompañó la transformación del país. La expansión urbana, la inmigración interna, los cambios sociales y económicos encontraron en los clubes barriales un punto de contención y encuentro. Cada liga local fue un pequeño universo, con sus rivalidades, sus hazañas y sus injusticias. En muchos casos, el club fue más importante que cualquier otra institución del barrio.
La infraestructura fue creciendo lentamente. Donde antes había potreros, aparecieron canchas delimitadas. Donde antes se cambiaban detrás de un árbol, surgieron vestuarios modestos pero propios. Todo fue fruto del esfuerzo colectivo: rifas, festivales, trabajo voluntario. El fútbol amateur paraguayo se construyó sin subsidios ni glamour, pero con una enorme riqueza humana.
En la actualidad, el amateurismo sigue siendo la base silenciosa del fútbol paraguayo. Ligas regionales, campeonatos barriales y torneos locales continúan formando jugadores, dirigentes y árbitros. Muchos futbolistas que luego llegaron al profesionalismo dieron sus primeros pasos en estas canchas olvidadas por los grandes medios, pero recordadas por quienes entienden el verdadero origen del juego.
Más allá de lo deportivo, el fútbol amateur cumple un rol social irremplazable. Integra, contiene, ordena. En barrios donde faltan oportunidades, el club sigue siendo refugio y escuela. Allí se aprende a ganar y a perder, a respetar, a compartir. Allí se forjan vínculos que duran toda la vida.
El fútbol paraguayo, en su versión más auténtica, no se explica sin su entramado amateur. Sin esos clubes que nunca salieron campeones nacionales, pero sostuvieron la pasión cuando nadie miraba. Sin esos dirigentes anónimos que pusieron tiempo y dinero sin esperar nada a cambio. Sin esos jugadores que jugaron por amor a la camiseta.
Porque antes del negocio estuvo la pasión. Antes del profesionalismo, estuvo el amateurismo. Y en Paraguay, esa historia todavía late en cada barrio donde una pelota rueda sin micrófonos ni cámaras, pero con la misma emoción de siempre.

La raíz popular del fútbol paraguayo: crónica del amateurismo que forjó una pasión
El fútbol paraguayo nació lejos de los reflectores, sin contratos ni estadios monumentales, y creció al calor de los barrios, los baldíos, las plazas y el entusiasmo genuino de quienes lo jugaron por amor al deporte. Antes de la profesionalización, existió una era fundacional: la del fútbol amateur, una etapa decisiva que sembró las bases de una identidad futbolera profundamente popular y nacional.
A comienzos del siglo XX, Paraguay empezaba a asomarse al mundo moderno, y con él llegaban nuevas costumbres traídas por inmigrantes y técnicos extranjeros. Entre ellos, un nombre quedaría grabado para siempre en la historia deportiva del país: William Paats, el neerlandés que introdujo la primera pelota de fútbol en suelo paraguayo. Aquella pelota no fue solo un objeto: fue una chispa que encendió una pasión colectiva.
La fiebre futbolera se expandió rápidamente. Jóvenes estudiantes, trabajadores y vecinos comenzaron a reunirse para jugar, aprender reglas y organizar partidos informales. Ese entusiasmo creciente llevó a Paats a impulsar la creación de una institución que canalizara esa energía naciente.
El nacimiento del primer club paraguayo (1902–1934): la era amateur
El viernes 25 de julio de 1902, un grupo de amigos aficionados al fútbol se reunió en la casa de la familia Rodi, ubicada en la actual esquina de Azara e Independencia Nacional, en la ciudad de Asunción. Aquella reunión, sencilla y sin pretensiones grandilocuentes, terminaría marcando un antes y un después en la historia deportiva del Paraguay.
Durante la tarde se debatieron distintos nombres para la nueva entidad. El dueño de casa propuso llamarla “Paraguay”, otros sugirieron “Esparta”, evocando valores de lucha y honor. Sin embargo, fue la propuesta de William Paats la que finalmente se impuso: “Football Club Olimpia”, en homenaje a la ciudad griega donde los atenienses disputaban las competencias que hoy conocemos como Juegos Olímpicos. Así nació Olimpia, el club más antiguo del Paraguay y uno de los más antiguos de Sudamérica.
Desde su fundación y durante más de tres décadas —hasta 1934—, Olimpia fue un club estrictamente amateur, al igual que el resto de las instituciones de la época. Los jugadores no cobraban, entrenaban cuando podían y competían impulsados únicamente por el orgullo, el sentido de pertenencia y la pasión por la camiseta.
Poco después llegarían otras fundaciones clave: Guaraní (1903) y Nacional (1904), ampliando el mapa futbolero y consolidando la práctica organizada del deporte. Así se fue tejiendo una red de clubes que, aunque modestos en recursos, eran enormes en compromiso social y deportivo.
La organización del fútbol amateur
En esos primeros años, el fútbol paraguayo se estructuró a través de ligas amateurs, entre ellas la Liga Amateur de Football, organizada por la Asociación Amateur de Football. Estas competencias fueron fundamentales para ordenar calendarios, reglamentos y rivalidades, y para darle continuidad a un deporte que crecía sin pausa.
Clubes como Silvio Pettirossi, fundado en 1926, tuvieron una participación destacada en ese período. Identificado con su barrio y su gente, el club fue un ejemplo del rol social del fútbol amateur: formar jugadores, contener jóvenes y fortalecer el tejido comunitario.
A medida que los clubes se multiplicaban, también lo hacía la infraestructura. Se levantaron canchas, se delimitaron campos de juego y se mejoraron instalaciones básicas. Todo era fruto del esfuerzo colectivo, de rifas, colaboraciones vecinales y trabajo voluntario.
El impacto social del amateurismo
El fútbol amateur fue —y sigue siendo— una herramienta de integración social en Paraguay. En barrios y comunidades, los clubes se transformaron en puntos de encuentro, identidad y pertenencia. Allí se aprendía a jugar, pero también a convivir, a respetar reglas y a soñar.
Muchos de los futbolistas que luego brillaron en el profesionalismo dieron sus primeros pasos en estas canchas humildes, donde el talento se moldeaba sin presiones económicas, guiado por entrenadores vocacionales y dirigentes comprometidos.
El legado vivo
Hoy, aunque el fútbol profesional ocupa los grandes titulares, el fútbol amateur paraguayo continúa siendo el corazón del deporte. Decenas de ligas y clubes a lo largo del país mantienen viva la tradición iniciada a comienzos del siglo XX, sosteniendo una pasión que no depende del dinero, sino de la historia, la identidad y el amor por la camiseta.
El amateurismo no fue una etapa menor: fue la raíz, el cimiento sobre el cual se construyó todo lo demás. Allí, en aquellas tardes sin tribunas llenas ni transmisiones radiales, el fútbol paraguayo aprendió a caminar. Y como toda historia verdadera, empezó desde abajo, con una pelota, un grupo de amigos y un sueño compartido.



