EL CICLO CHARRÚA QUE CONQUISTÓ EL MUNDO. La década prodigiosa de Uruguay que cambió la historia del fútbol
Entre 1923 y 1930, Uruguay fue invencible en los grandes escenarios. Nasazzi, Scarone, Andrade, Urdinarán: cuatro nombres presentes en todos los títulos, símbolos de una generación irrepetible.

MUSEO CHACARERO/Desde Redacción EDUARDO MÉRICA para FMFUTBOL.
El origen de la leyenda
Hay historias que el tiempo no borra, pero sí puede empujar a los márgenes. Relatos fundacionales que, por repetidos o por incómodos, dejan de ocupar el centro del escenario. La historia del Uruguay de los años 20 es una de ellas. Porque antes de que el fútbol se convirtiera en industria, espectáculo global y negocio millonario, existió una selección que jugó, ganó y enseñó a ganar cuando el mundo todavía estaba aprendiendo qué era este deporte.
Entre 1923 y 1930, la Celeste construyó el primer gran ciclo dominante del fútbol mundial. No fue una racha, no fue una casualidad, no fue un milagro. Fue proyecto, identidad y carácter. Tres campeonatos sudamericanos, dos medallas de oro olímpicas y el primer Campeonato del Mundo no solo conforman un palmarés extraordinario: fundaron una manera de competir, una ética futbolera y una mística que aún hoy define al Uruguay.
Este especial histórico nace con un objetivo claro: volver a contar esa historia en toda su dimensión. Recuperar nombres, partidos, contextos y decisiones que explican por qué un país pequeño, joven y sin poder económico se convirtió en la primera gran potencia del fútbol. Mostrar cómo aquellos futbolistas —amateurs en lo formal, profesionales del compromiso— enfrentaron y vencieron a Europa en su propio terreno, y luego al mundo entero en Montevideo.
Aquí no hay nostalgia vacía ni épica exagerada. Hay hechos. Hay archivos. Hay memoria. Y hay una convicción editorial: el fútbol moderno no se entiende sin el ciclo charrúa de los años 20. Sin Nasazzi, Scarone, Andrade, Cea, Petrone. Sin París, Ámsterdam y el Centenario. Sin esa Celeste que jugó con coraje cuando todavía no existían los manuales de la gloria.
Este trabajo invita a mirar atrás no para idealizar el pasado, sino para comprender el presente. Porque cada vez que Uruguay entra a una cancha “sin ser favorito”, cada vez que la historia parece pesar más que el presupuesto, esa herencia vuelve a aparecer. Y recordar de dónde viene no es un acto de romanticismo: es un ejercicio de identidad.
Bienvenidos a este especial.
Bienvenidos al tiempo en que Uruguay fue el centro del mundo.

Cuando se habla de selecciones legendarias que marcaron una época, los nombres se repiten como un mantra: el Brasil de Pelé en 1970, la Hungría dorada de Puskás, la Naranja Mecánica holandesa, la España que dominó Europa y el mundo en el siglo XXI. Sin embargo, hay una historia que muchas veces queda relegada, minimizada o directamente olvidada fuera del Río de la Plata. Es la historia de Uruguay, la primera gran potencia del fútbol mundial.
Entre 1923 y 1930, la selección uruguaya protagonizó uno de los ciclos más gloriosos jamás vistos en este deporte. En apenas siete años, la Celeste conquistó seis títulos mayores:
tres Campeonatos Sudamericanos, dos medallas de oro olímpicas y el primer Mundial de la historia. Una hegemonía absoluta que sentó las bases del fútbol moderno y le dio al Uruguay un lugar eterno en la historia.
1923: el regreso al trono en casa
El punto de partida fue el Campeonato Sudamericano de 1923. Uruguay ya tenía antecedentes fuertes —había ganado los torneos de 1916, 1917 y 1920—, pero venía de dos ediciones decepcionantes en Argentina y Brasil. El torneo se disputaba en Montevideo y la consigna era clara: recuperar la corona.
Con Leonardo de Lucca como entrenador, la convocatoria reunió experiencia y jerarquía. Apellidos que hoy son leyenda: José Nasazzi, Héctor Scarone, Pedro Cea, Andrade, Mazali, Romano, Somma. Hombres que no solo jugaban al fútbol: lo entendían, lo sentían y lo defendían como una causa nacional.
El formato de liguilla enfrentó a Uruguay con Brasil, Paraguay y Argentina. Las primeras victorias llegaron con esfuerzo. Todo se definía en la última fecha ante la albiceleste, también invicta. El Gran Parque Central fue escenario de una jornada histórica: 22.000 personas colmaron las tribunas para ver a la Celeste imponerse con goles de Petrone y Somma. Uruguay volvía a ser campeón y el mensaje era claro: había nacido un equipo para marcar época.
1924: París descubre a Uruguay
Un año después, Uruguay enfrentó dos desafíos gigantes: defender el Sudamericano y debutar en los Juegos Olímpicos de París, el torneo más prestigioso del fútbol mundial de aquel tiempo.
Dirigidos por Ernesto Figoli, los uruguayos llegaron como incógnita para Europa… y se marcharon como una revelación que asombró al planeta. Yugoslavia, Estados Unidos y la anfitriona Francia fueron barridas sin contemplaciones. En semifinales, Países Bajos resistió un tiempo; en la final, Suiza apenas pudo observar.
El 3-0 en la definición fue contundente. Uruguay se colgó la medalla de oro olímpica y cambió para siempre la percepción del fútbol sudamericano. Europa entendió que el mejor fútbol ya no estaba solo de su lado del océano.
Meses después, en Montevideo, la Celeste reafirmó su dominio reteniendo el Campeonato Sudamericano. Argentina fue nuevamente el gran rival, pero el empate en la jornada final alcanzó gracias a una defensa férrea comandada por Nasazzi, Zibechi y Arispe, y a la seguridad del arquero Mazali.
1926: dominio absoluto en Chile
Tras un 1925 sin participación por conflictos internos, Uruguay volvió con fuerza en el Sudamericano de 1926, disputado en Chile. Aunque algunas figuras comenzaban a despedirse, aparecían nuevos nombres destinados a la gloria: Héctor “el Divino Manco” Castro, Lorenzo Fernández.
La campaña fue demoledora: todos los partidos ganados, 17 goles a favor y solo 2 en contra. Argentina fue el único rival que intentó resistir, pero los goles de Borjas y Castro sellaron el camino. Uruguay no solo ganaba: avanzaba futbolísticamente.

Ámsterdam 1928: la confirmación del rey
Los Juegos Olímpicos de Ámsterdam 1928 no dejaban lugar a dudas. Uruguay ya no era sorpresa: era favorito. Con Primo Giannoti en el banco y una generación madura, la Celeste superó a Países Bajos y Alemania antes de enfrentar dos batallas memorables.
Italia, con figuras como Combi, Rosetta y Caligaris, exigió al máximo en semifinales. Y Argentina, otra vez Argentina, esperaba en la final. El primer partido terminó empatado. Tres días después, ante 28.000 espectadores, Héctor Scarone marcó el gol decisivo. Uruguay lograba su segundo oro olímpico y reafirmaba su supremacía mundial.

1930: el primer Mundial, la consagración eterna
Restaba el último desafío: el primer Mundial de la historia, impulsado por la FIFA y Jules Rimet. Uruguay fue sede y anfitrión. Con Alberto Suppici como entrenador, el equipo mantuvo su columna vertebral y sumó nuevas piezas como Pablo Dorado, Santos Iriarte y Enrique Ballestrero.
Tras superar a Perú y Rumania, la Celeste aplastó a Yugoslavia en semifinales con un inolvidable 6-1. La final, inevitablemente, fue contra Argentina.
El partido quedó marcado por un detalle simbólico: cada tiempo se jugó con un balón distinto, uno argentino y otro uruguayo. Al descanso ganaba la albiceleste. En el complemento, con el empuje del Estadio Centenario y el alma charrúa a flor de piel, Uruguay remontó y ganó 4-2.
José Nasazzi levantó la Copa Jules Rimet. Uruguay se convirtió en el primer campeón del mundo.
El legado del ciclo charrúa
Entre 1923 y 1930, Uruguay fue invencible en los grandes escenarios. Nasazzi, Scarone, Andrade, Urdinarán: cuatro nombres presentes en todos los títulos, símbolos de una generación irrepetible.
No fue solo una racha ganadora. Fue una forma de entender el fútbol, una identidad, una mística que nació en aquellos años y todavía hoy define a la Celeste. El ciclo charrúa de los años 20 no fue un capítulo más: fue el origen de la grandeza.
Porque antes que Brasil, antes que Alemania, antes que todos, Uruguay ya había conquistado el mundo.



