EL REDUCTO DE LOS DODAT: un club, un barrio y una cancha que nunca enloqueció
El Reducto de los Dodat: donde el básquet nació entre muros, barrio y memoria del vecino Arroyo Seco.

AMATEURISMO/Desde Montevideo EDUARDO MÉRICA para FMFUTBOL.
EL REDUCTO DE LOS DODAT: DONDE EL BARRIO HABLA BAJITO Y LA HISTORIA SE DEJA ESCRIBIR
Llegué al Reducto como se llega a los lugares que importan: sin apuro, mirando alrededor, dejando que el barrio me hablara primero. Porque hay territorios que no se explican con mapas ni con direcciones exactas. Se explican con olores, con murmullos, con paredes gastadas y con una cancha que parece estar ahí desde siempre. El Reducto de los Dodat es uno de esos lugares. Pegado, casi abrazado, a la legendaria cancha de fútbol del Manicomio, donde el eco de los gritos todavía rebota aunque no haya partido.
Ahí empecé a escribir. No por casualidad. Porque hay historias que no se pueden contar desde una oficina ni desde una pantalla: necesitan vereda, esquina, charla lenta y memoria compartida. Y fue en ese caminar el barrio, en ese ubicar a los hermanos Dodat, donde comenzó a desplegarse, como un viejo álbum de fotos, la historia del Club Deportivo Reducto.

Hablar del Reducto es hablar, inevitablemente, de una persona. De un nombre propio que atraviesa décadas, camisetas, asambleas, derrotas, ascensos y abrazos. Delfor Manisse. Testigo y protagonista. Hombre de club en el sentido más puro de la palabra. No por casualidad fue el primer socio honorario: porque hay personas que no pasan por las instituciones, sino que las sostienen.
Por Delfor pasó el pasado del club, pero también su presente y su futuro. En él se refleja lo que el Reducto fue, lo que es y lo que se empeña en seguir siendo: un espacio donde el deporte es excusa y la amistad es bandera.
La historia empieza lejos del nombre actual. 1927. Barrio Punta Carretas. Un grupo de jóvenes que se reúne simplemente para estar juntos y practicar deportes. Nada más… y nada menos. Unidos por la fe cristiana, llamaron a aquella aventura Asociación Católica León XIII. El 11 de mayo, sin saberlo, comenzaron a escribir una historia que casi un siglo después sigue latiendo. El precepto era claro y sencillo: la amistad.
Pero los caminos, como los ríos, a veces buscan otro cauce. Dos años más tarde, ese torrente de compañerismo y básquetbol desembocó en la sede de la calle Colorado casi San Martín. Y allí el club empezó a crecer, a sumar nombres, a sumar historias. Entre ellos, la de Delfor Manisse.
“Me vinculé al club por mi hijo”, contaba Delfor, con esa naturalidad de los hombres que nunca se pusieron por delante del escudo. Tenía ocho años el gurí cuando empezó a concurrir al León XIII. Luego vinieron las responsabilidades: delegado ante la Federación Uruguaya de Basketball, comisión directiva, entrenador de minis y cadetes durante casi treinta años. La vida entera adentro del club, como tantos otros, pero con una constancia que deja huella.
No todo fue sencillo. La historia del Reducto también conoce los golpes. Hubo que cambiar de nombre. En la calle Gaboto existía otra asociación León XIII, que conservaba los trofeos. Para recuperarlos, había una condición: dejar el nombre. Duele, pero se decide. En asamblea, el director de la Escuela Alemania, Armando Roig, propone el nombre que terminaría por sellar la identidad del club: Club Deportivo Reducto. Votación unánime. Nuevo nombre, misma alma.
Durante 21 años la sede de Colorado fue el hogar. Hasta que hubo que irse. Y entonces llegó San Fructuoso 1350, el lugar donde se levantó la cancha, las instalaciones, el corazón definitivo del club. Allí se inauguró todo, un 28 de octubre de 1958, frente a Bohemios. Y desde entonces, el Reducto no se movió más del barrio ni de su gente.
Delfor recuerda los momentos gratos como si fueran uno solo. Porque, para él, todos lo fueron. La muchachada, los nombres que todavía se pronuncian con respeto: Cirelli, Baudino, Walter Campo, Rodríguez Riet. Jugadores, sí. Pero sobre todo compañeros.
Más de cincuenta años de trabajo ininterrumpido no pasan en vano. Presidente, delegado, técnico. Y finalmente, el reconocimiento: la Federación lo designa Presidente de Tercera de Ascenso. Pero más allá de los cargos, lo que queda es otra cosa. Queda el clima. Queda la forma de estar. Quedan los valores que no se negocian.
Hoy el Club Deportivo Reducto sostiene con orgullo sus divisiones formativas, su ambiente familiar, su apuesta al deporte como herramienta de inclusión. Lejos de la violencia, del alcohol, de las drogas. Con la cuota más económica de formativas de toda la FUBB. Con años sin dejar jamás de militar en la Federación Uruguaya de Basketball.
Reducto es barrio. Es identidad. Es la Banda del Manicomio alentando desde la tribuna. Es rivalidad, clásicos, heridas y aprendizajes. Es Peñarol acercándose en 2020 para reconstruir desde abajo. Es la Intendencia mejorando el entorno en 2007 con los vecinos empujando juntos.
Pero, sobre todo, Reducto es eso que sentí cuando me paré frente a su cancha y empecé a escribir: que hay lugares donde la historia no está guardada en archivos, sino caminando por la vereda. Donde cada baldosa me dice algo. Donde el club no es un edificio, sino una forma de estar en el mundo.
Y ahí, en el Reducto de los Dodat, pegado al Manicomio, entendí que esta historia no se escribe una sola vez. Se sigue escribiendo. Cada día. Mientras haya alguien dispuesto a escuchar al barrio y a dejar que el pasado, con voz bajita, vuelva a contar quiénes somos.



