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El regreso de Francisco “Pancho” Goldaracena: cuando la política, la tecnología y la comunicación se encuentran

En esta primera columna, Francisco Goldaracena no viene a agradar, ni a alinearse con tribunas cómodas. Viene a opinar con datos, experiencia y pensamiento estratégico. A incomodar cuando sea necesario. A poner sobre la mesa debates que muchas veces se esquivan. Y, sobre todo, a dialogar con lectores que saben que el futuro del periodismo, la política y la comunicación no se juega solo en los titulares, sino en cómo se construyen y para quién.

PERIODISTAS EN RED/Desde la frontera Rivera Livramento Eduardo Mérica para FMFUTBOL.

DIARIO URUGUAY inaugura una nueva columna de opinión con una firma que entiende el poder real de la comunicación en el siglo XXI. No desde la teoría ni desde la comodidad del comentario superficial, sino desde la experiencia concreta, el hacer cotidiano y la mirada estratégica sobre cómo se construye sentido, poder y ciudadanía en la era digital.

Pero hay algo más que define a Pancho Goldaracena y que explica su llegada a estas páginas: su convicción de que la comunicación, la tecnología y la política no pueden analizarse por separado. Que el marketing digital no es solo vender, sino influir. Que la política no es solo ideología, sino estrategia comunicacional. Y que el periodismo, si quiere sobrevivir y ser relevante, debe comprender estos cruces sin miedo y sin ingenuidad.

Esa mirada es la que lo llevó, junto a nosotros, a cofundar Periodistas en Red, una iniciativa que hoy es una Asociación y que proyecta el uso de la tecnología aplicada al periodismo digital en Uruguay, especialmente desde y para el interior del país. Un espacio que no nació para repetir discursos, sino para repensar el oficio, sus herramientas y su rol frente al poder.

En esta primera columna, Francisco Goldaracena no viene a agradar, ni a alinearse con tribunas cómodas. Viene a opinar con datos, experiencia y pensamiento estratégico. A incomodar cuando sea necesario. A poner sobre la mesa debates que muchas veces se esquivan. Y, sobre todo, a dialogar con lectores que saben que el futuro del periodismo, la política y la comunicación no se juega solo en los titulares, sino en cómo se construyen y para quién.

DIARIO URUGUAY (el primer diario digital de Rivera) le da la bienvenida a una voz que entiende que comunicar es un acto de poder, pero también una enorme responsabilidad.

El regreso de Francisco “Pancho” Goldaracena: Revolución de Consciencia

PERIODISTAS EN RED/Desde Rivera Francisco Goldaracena para DIARIO URUGUAY.

Revolución de Consciencia

Nada de lo que estamos viviendo hoy es nuevo.
Esto ya ocurrió. Porque todo es cíclico.

La humanidad ya atravesó momentos de expansión de consciencia, de entendimiento del tiempo, de la palabra, de la frecuencia y de la unidad. Y cada vez que eso sucedió, apareció el mismo patrón: el poder y la avaricia fragmentaron lo humano.

La fragmentación no empezó con la tecnología. Empezó mucho antes.
El primer gran fragmento fue la religión.

La religión no fue solo una experiencia espiritual. Fue (y sigue siendo) una estructura de poder. De la misma manera que un partido político controla un sistema, la religión buscó controlar al humano manteniéndolo perdido en el loop (y mantengo esta palabra porque soy yo hablando), en ese loop de la búsqueda constante de elevación, iluminación y salvación. No para que se habite realmente la consciencia, sino para que se delegue el poder.

Se estructuraron libros, dogmas y relatos que ordenaron lo humano desde afuera. No para liberar, sino para inducir conducta. Y por eso vemos miles de millones de personas atrapadas en esa búsqueda interminable, relegando siempre el presente, el cuerpo y la experiencia humana concreta.

Luego ese mismo principio se refinó.
Se volvió científico. Intelectual. Sistémico.

Ahí aparece la Escuela de Frankfurt y todo el desarrollo de la ingeniería social moderna. No como teoría abstracta, sino como herramienta de poder. El estudio del comportamiento humano, del deseo, del lenguaje, del miedo, de la cultura, fue puesto al servicio del control en Occidente.

Nada es casualidad.

Esa ingeniería social luego se integró a agencias de inteligencia, a sistemas de propaganda, a medios de comunicación, a industrias culturales y publicitarias. Se unificaron criterios. Se moldeó el deseo. Se estandarizó lo que se consume, lo que se sueña, lo que se teme. El humano empezó a desear lo mismo en cualquier parte del mundo.

Y mientras tanto, unas pocas familias (históricas, económicas, financieras) siguieron acumulando riqueza, decidiendo fronteras, concesiones de tierras, divisiones de Estados, controlando la economía, el poder bélico y el tablero político. Decidiendo qué títere se sube al escenario de la conducción política y cuándo se lo baja.

Y acá no se trata de ser conspiranoico.
Conspiración es una palabra más. Y si la damos vuelta y la leemos, muchas cosas ya estaban escritas.

Todo esto es control sistémico de lo humano sobre lo humano.

Entonces, ¿dónde quedó la consciencia?
Fragmentada.
Dividida.
Banderizada.
Enfrentada.

Nos hicieron creer que pensar distinto nos separa, cuando en realidad todas estas fragmentaciones solo nos alejaron de la unidad. Nos hicieron perder la noción de masa viva. De mayoría. De humanidad organizada.

Y sin embargo, vemos a las hormigas organizarse para formar puentes vivos sobre el agua, para que otras crucen con sus huevos encima. ¿Cómo puede ser que no veamos la capacidad de organización de miles de millones de humanos que habitan este planeta?

¿Cómo puede ser que cuatro, veinte o cien decidan lo que ocho mil millones deben hacer o no?

La revolución de consciencia no es mística.
No es una estética espiritual.
No es quedarse encerrados en círculos, rituales o templos repitiendo palabras.

Eso también fue parte del control: templos cerrados donde la palabra circulaba, se repetía y se repetía, bajando información de inducción, controlando la energía, absorbiendo la potencia del despertar para que no se transforme en acción.

Despiertos, pero quietos.
Despiertos, pero dormidos en el despertar.

La revolución de consciencia es romper el tablero.
Es volver a jugar como humanos.

Es entender el tiempo y el no-tiempo.
Es comprender que la palabra es verbo, y el verbo crea.
Es reconocer cómo se forman las grégoras, no solo alrededor de un fuego, sino en cada vínculo, en cada decisión cotidiana, en cada acción consciente.

Porque todo antes de ser árbol fue semilla.
Y la semilla no se queda en el altar. Se planta en la tierra.

La revolución de consciencia es caminar la calle.
Es salir de la burbuja espiritual.
Es llevar la consciencia a la práctica: a lo que doy, a lo que recibo, a lo que valoro, a cómo intercambio energía, tiempo y presencia.

No hay seres de otros planos viniendo a salvarnos.
Es la experiencia humana la que manifiesta los otros planos.

Y mientras seguimos esperando señales externas, el sistema sigue funcionando. Por eso la revolución no es futura. Es ahora. Es humana. Es colectiva.

No se trata de despertar.
Se trata de caminar despiertos.

Batamos el tablero de una vez por todas.
Dejemos de delegar el poder.
Encendamos el fuego de la consciencia, no para contemplarlo, sino para habitarlo.

Ya está.
Ahora empieza lo que realmente vinimos a vivir.

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