ENRIQUETA COMPTE Y RIQUÉ: La mujer que se atrevió a pensar la infancia como futuro en el barrio Arroyo Seco
LA SEMILLA FUNDACIONAL DE LA EDUCACIÓN INICIAL EN AMÉRICA LATINA. Catalana de nacimiento y uruguaya por adopción, Enriqueta Compte y Riqué (1866-1949) ocupa un lugar central —aunque muchas veces subestimado— en la historia de la educación latinoamericana.

ARROYO SECO & WILMAN /Desde Montevideo EDUARDO MÉRICA para DIARIO URUGUAY.
Hay nombres que no necesitan estridencia para perdurar. No gritan desde los bronces ni reclaman monumentos grandilocuentes: se sostienen en silencio, como una raíz profunda que alimenta generaciones sin pedir reconocimiento. Enriqueta Compte y Riqué es uno de esos nombres. Y, sin embargo, sin su obra, sin su visión y sin su valentía intelectual, resulta imposible comprender la historia de la educación uruguaya y latinoamericana.
Nacida en Barcelona el 31 de diciembre de 1866, y fallecida en Montevideo el 18 de octubre de 1949, Enriqueta fue mucho más que una maestra: fue una adelantada a su tiempo, una reformadora social y una defensora temprana de los derechos del niño cuando la infancia aún no era considerada una etapa con valor propio.

De Cataluña al Río de la Plata: una infancia marcada por el viaje
Hija de padres catalanes, Enriqueta llega al Uruguay en 1873, siendo apenas una niña. Ese viaje fundacional no fue sólo geográfico: fue también cultural, simbólico y vital. La pequeña inmigrante se formaría en un país joven, en construcción, donde la educación comenzaba a perfilarse como herramienta central de igualdad social.
A pesar de su miopía, que podría haber sido una limitación insalvable en el siglo XIX, Enriqueta eligió el camino del conocimiento. Estudió magisterio con una determinación poco común para su época: a los diecinueve años ya era maestra de primer grado, y a los veinte, maestra superior. No era sólo precocidad: era vocación profunda.

Una mujer joven en un mundo de hombres
En 1887, con apenas veinte años, es designada subdirectora del Instituto Normal de Señoritas. Ese mismo año, el gobierno de Máximo Tajes le confía una misión extraordinaria: viajar a Europa para especializarse en educación preescolar, una disciplina prácticamente inexistente en el Uruguay.
No se trataba de turismo académico. Enriqueta tenía una tarea concreta: conocer de primera mano las ideas de Friedrich Fröbel, creador del concepto de los jardines de infancia, y evaluar su posible aplicación en el sistema educativo uruguayo.
Así recorrió Bélgica, Alemania, Holanda, Francia y Suiza, observando métodos, estructuras, juegos, materiales y enfoques pedagógicos. Fue una mujer sola, joven y latinoamericana, recorriendo los centros de pensamiento educativo europeo en una época en la que eso no era habitual, ni sencillo, ni bien visto.
Regresó al Uruguay en septiembre de 1890, pero no volvió igual: volvió con una convicción férrea.
El nacimiento del primer jardín de infantes de Sudamérica
Enriqueta no se limitó a describir lo observado. Redactó un informe clave donde expresó su esperanza de crear en la República jardines de infancia, acercándose “lo más posible al ideal de Fröbel” e incorporándolos al sistema público de Instrucción Primaria.
Dos años después, en 1892, fundó el primer jardín de infantes de Sudamérica. Un hecho histórico de proporciones continentales, nacido no del azar, sino del estudio, la planificación y la fe en la educación como herramienta de transformación social.
Ese jardín no fue una copia mecánica de los modelos europeos. Enriqueta supo adaptar, reinterpretar y crear. Entendió que el niño uruguayo, rioplatense y latinoamericano tenía contextos, tiempos y necesidades distintas. Allí radica una de sus mayores grandezas.

La infancia como sujeto de derechos
Enriqueta Compte y Riqué fue pionera en considerar al niño no como un adulto incompleto, sino como un ser humano pleno, con individualidad, sensibilidad y capacidades propias. Sus métodos psicológicos y pedagógicos se centraron en respetar el ritmo de aprendizaje, la creatividad y la personalidad de cada niño entre los 3 y los 6 años.
Publicó numerosos trabajos en revistas y libros especializados, siempre con una mirada innovadora y profundamente humanista. Para ella, educar no era moldear: era acompañar.
Educación, laicidad y compromiso social
Inspirada en el pensamiento de José Pedro Varela, Enriqueta fue una férrea defensora de la enseñanza laica, de la igualdad social y de la eliminación de prejuicios que dañaban, sobre todo, a los más pequeños. Entendía que marcar a un niño desde temprano con desigualdades era condenarlo de antemano.
Pero su compromiso no terminó en el aula. Integró asociaciones que luchaban contra la tuberculosis, el alcoholismo, la trata de personas y a favor de los derechos de la mujer. Su pedagogía era inseparable de su visión ética del mundo.
Un legado que atraviesa el tiempo
La obra de Enriqueta fue precursora directa de la educación preescolar obligatoria en Uruguay. Su influencia trascendió fronteras y llegó a inspirar a docentes de países vecinos, como Argentina.
Hoy, el Jardín de Infantes Nº 213, el más antiguo de Sudamérica, fundado por ella en 1892 en el barrio Arroyo Seco de la Aguada, lleva su nombre. También una calle de Montevideo la recuerda. En 2016, el Correo Uruguayo emitió un sello postal en su honor, y en 2017, el Tercer Congreso Nacional de Educación llevó su nombre como emblema.
La maestra que sembró futuro
Enriqueta Compte y Riqué no buscó homenajes. Buscó niños libres, críticos y felices. Pensó la educación como acto de justicia social cuando aún no se hablaba de derechos de la infancia. Y entendió, antes que muchos, que invertir en los primeros años de vida era construir nación.
Hoy, cuando la educación inicial es un derecho consagrado, su figura emerge con fuerza renovada. Porque hay mujeres que no sólo enseñan: abren caminos. Y Enriqueta, con paso firme y mirada larga, abrió uno que todavía seguimos recorriendo.
Catalana de nacimiento y uruguaya por adopción, Enriqueta Compte y Riqué (1866-1949) ocupa un lugar central —aunque muchas veces subestimado— en la historia de la educación latinoamericana. Su figura se recorta con nitidez en el proceso de construcción de una pedagogía específica para la primera infancia, cuando aún no existía consenso social ni político sobre la necesidad de educar a los más pequeños desde el Estado.
No fue una obra improvisada ni aislada. Fue el resultado de un tiempo histórico, de un proyecto de país y, sobre todo, de una mujer que comprendió antes que muchos que la infancia no era un problema social a contener, sino un sujeto de derechos a formar.
Un país en construcción y una infancia invisible
En la segunda mitad del siglo XIX, el Uruguay atravesaba un proceso de reorganización institucional marcado por profundas desigualdades sociales. El crecimiento urbano, la inmigración, la pobreza estructural y la fragilidad de los sectores más vulnerables obligaron al Estado a intervenir, especialmente en relación con la infancia desprotegida.
En 1818, con la creación de la Casa Cuna, dependiente del Hospital de Caridad, se dio el primer paso institucional para atender a niños abandonados. Más adelante, en 1861, se creó el Asilo de Expósitos y Huérfanos, con el objetivo de dar amparo a quienes quedaban fuera del entramado familiar. Estas instituciones respondían a una lógica asistencial, más cercana a la protección que a la educación.
Bajo el gobierno del coronel Lorenzo Latorre, en 1877, surgieron los asilos maternales, espacios diurnos destinados a niños de entre dos y siete u ocho años. Si bien significaron un avance, aún estaban lejos de concebir a la infancia como una etapa con valor pedagógico propio. El niño era visto, principalmente, como objeto de cuidado.
Es en este contexto donde emerge la figura de Enriqueta Compte y Riqué, dispuesta a romper ese paradigma.
De Europa al Río de la Plata: ideas que cruzan el océano
Formada como maestra en Uruguay y designada subdirectora del Instituto Normal de Señoritas, Enriqueta fue enviada en 1887 a Europa en misión oficial. Allí tomó contacto directo con las ideas de Friedrich Fröbel, creador del concepto de jardín de infancia, y con las experiencias pedagógicas más avanzadas de la época.
Lo que distinguió a Compte y Riqué no fue sólo su capacidad de observación, sino su talento para traducir esas ideas al contexto rioplatense. Comprendió que no se trataba de copiar modelos europeos, sino de adaptarlos a una realidad social, cultural y económica diferente.
A su regreso, elaboró informes, fundamentó propuestas y defendió con firmeza la necesidad de integrar los jardines de infantes a la organización pública de la Instrucción Primaria, una idea revolucionaria para su tiempo.



