La esquina eterna del Arroyo Seco: Lito y Wilman, mismos colores, destinos cruzados
Para el futuro libro wilmense: La esquina más futbolera del Uruguay: Lito y Wilman, una rivalidad nacida en el mismo suelo

AMATEURISMO/Desde Montevideo EDUARDO MÉRICA para FMFUTBOL.
Desde la esquina más futbolera del Arroyo Seco —Avenida Agraciada y Santa Fe— el tiempo no pasa: se juega. Se juega todos los días, aunque no haya pelota rodando. Se juega en la memoria, en las baldosas agrietadas, en el aire que todavía sabe a grito de gol y a discusión de café. Porque ahí, en diagonal perfecta y frente por frente, nacieron los rivales de todos los tiempos. El Lito y el Wilman. Y como si el destino hubiera querido escribir una ironía eterna, se vistieron con los mismos colores para toda la vida: azul y rojo. Hermanos de barrio, enemigos de cancha. Dos maneras de querer lo mismo.
Pararse en esa esquina es pararse en un cruce de historias. A un lado, el café “Lito”, de Manuel “Lito” Semino, donde en 1917 un grupo de gurises encendió una llama que todavía alumbra. Al otro, la semilla que décadas después daría origen al Wilman, con el mismo pulso barrial, con la misma necesidad de pertenecer. El Arroyo Seco no tiene un solo corazón futbolero: tiene dos, y aprendió a latir con ambos, a veces acompasado, a veces a los empujones.

El Centro Atlético Lito, fundado el 24 de julio de 1917, fue mucho más que un club. Fue una afirmación. Un “acá estamos” de barrio obrero, de muchachos que salían del trabajo o del estudio directo a soñar con una pelota. Desde esa esquina nació una historia grande: campeonatos en la Divisional Extra y en la Intermedia, ascenso meteórico a Primera en 1921, años de protagonismo en la era amateur, cuando el fútbol uruguayo se estaba inventando a sí mismo. Y el Lito estaba ahí, poniendo el cuerpo.
No fue casualidad que de esa camiseta azul eléctrica con vivos rojos salieran nombres que hoy son leyenda nacional. José Nasazzi, el Capitán de Todos; Héctor “el Manco” Castro, Pedro Cea, Juan Peregrín Anselmo. Ellos llevaron el barrio al mundo, y devolvieron gloria a la esquina. Cuando la Celeste conquistó el planeta, algo de ese triunfo también tenía olor a Agraciada y Santa Fe. Algo de ese orgullo venía del Lito.
El tiempo trajo desafíos. El cisma del fútbol partió aguas y también camisetas: el Lito “redondo” en la AUF, el Lito “cuadrado” en la Federación. Dos escudos, dos competencias, un solo amor. Después llegó el profesionalismo y el Lito eligió seguir siendo fiel a su raíz amateur. Compitió, resistió, y finalmente se apagó en lo formal, cerca de 1947. Pero en el barrio, nunca desapareció. Porque los clubes así no mueren: se vuelven recuerdo, y el recuerdo es una forma intensa de existencia.
Y enfrente —o en diagonal, que en el fútbol del barrio la geometría también importa— el Wilman crecía con su propia épica, con su propia gente, con la misma sangre roja y azul. Rivales sí. Enemigos no. Porque en el fondo, cada clásico era una discusión entre vecinos, entre primos, entre amigos que se daban la espalda noventa minutos y se volvían a encontrar en la vereda.
Por eso lo ocurrido recientemente tiene una fuerza que emociona. Después de medio siglo, una delegación del Club Wilman volvió a participar de los festejos del Lito, en sus 108 años. No fue un gesto menor. Fue un abrazo tardío, pero necesario. Fue el barrio mirándose al espejo y reconociéndose. Fue entender que la rivalidad también puede madurar, que el respeto puede ganar el partido más largo.
Ese día no fue solo una celebración. Fue un acto de amor por los orígenes del fútbol uruguayo, por esa identidad que nos hizo grandes cuando todavía éramos chicos. Y en ese brindis colectivo, inevitablemente apareció Nasazzi. El capitán eterno. El litense universal. Porque si hay un símbolo que une, es él. Defender una camiseta con orgullo y llevarla hasta donde haga falta. Donde sea que esté el Capitán de Todos, seguro sonrió. Seguro sintió que el barrio no lo olvidó.

Hoy, al caer la tarde, la esquina vuelve a quedarse en silencio. Pero no es un silencio vacío. Es un silencio lleno de voces antiguas, de risas, de discusiones, de goles gritados con el alma. Agraciada y Santa Fe no es solo un cruce de calles: es un cruce de destinos. El Lito y el Wilman siguen ahí, mirándose de frente, vestidos iguales, distintos para siempre.
Y el Arroyo Seco, testigo fiel, sabe que mientras haya alguien que recuerde, el partido nunca termina.



