La fecha que volvió del papel y del tiempo. La fecha verdadera de la fundación del Club Wilman
Hagan de cuenta que me ven sentado en la vereda del club, con el corazón apoyado en la pared que fue sede, casa y refugio.

AMATEURISMO/Desde Montevideo EDUARDO MÉRICA para FMFUTBOL.
La noche en que nació el Wilman (y todavía no lo sabíamos)
Estoy sentado en la vereda.
No es una vereda cualquiera. Es la vereda.
La de Agraciada, la de Santa Fe, la de Arroyo Seco.
La espalda apoyada en lo que fue la sede social wilmense, como quien se apoya en un viejo amigo que ya no habla, pero escucha todo.
El frío muerde. Falta poco para el invierno, como aquella vez.
Siempre vuelve el frío cuando Wilman aparece en la memoria.
Faltaban 32 días para que entrara el invierno.
Eso dicen los calendarios.
Pero esa noche —jueves 18 de mayo de 1944— el invierno ya estaba ahí, caminando despacio por el barrio, metiéndose en los bolsillos de los gurises, en las manos rojas, en las ganas inmensas de crear algo que los sobreviviera.
Fue de tardecita.
De esas tardecitas que se hacen noche sin pedir permiso.
Con caras heladas. Con viento del sur.
Con silencios que dicen más que los gritos.
Desde el Norte se miraba hacia abajo, buscando futuro.
Desde el Sur se levantaba la vista, soñando.
Y en esa esquina —Agraciada y Santa Fe— cuatro pibes hicieron algo que no sabían que era eterno.
Héctor Codevilla.
Nelson Barlocco.
Bruno Wilman.
Roberto García.
Pibes.
No próceres.
No dirigentes.
Pibes del barrio.
No pensaron, ni por asomo, en ochenta años.
No imaginaron camisetas heredadas, ni gritos repetidos por generaciones, ni esta crónica escrita con los ojos llenos de agua.
Pensaron en jugar.
Pensaron en juntarse.
Pensaron en pertenecer.
Y sin saberlo, fundaron el CLUB WILMAN.

La imagen que siempre vuelve
Hay una imagen.
Siempre la misma.
La del Wilman.
Pocos se preguntan hoy cómo llega.
Pero llega.
Siempre llega.
Y pega directo en el corazón.
Es una pasión sin fronteras, aun donde hay fronteras.
Sin límites, aun cuando los límites aprietan.
Sin recortes, incluso después de ocho décadas.
Yo mismo he regresado al vecindario.
Y al ver al club de mis amores, no puedo decir otra cosa que lo que grita el alma:
¡Qué grande el Wilman!

De dónde viene el nombre (y de dónde viene el afecto)
La historia también se construye con gestos.
Con confianza.
Con alguien que pone la guita cuando no sobra nada.
Buscando congraciarse con quien hacía posible el primer paso,
barajando nombres, descartando ilusiones,
los muchachos eligieron llamar al club como el hijo de Don José Pons, vecino caracterizado de Arroyo Seco.
Así nació el nombre.
Y así nació algo más fuerte que un nombre: la lealtad.
Don José no los defraudó.
Al contrario.
Acompañó desde el primer momento.
Como el barrio acompaña cuando siente que algo es suyo.
La casa propia y la vida adentro
En los años sesenta, Wilman tuvo casa.
Agraciada 2612.
A metros del lugar donde todo empezó.
Y esa sede no fue un edificio.
Fue una extensión de la vida.
Biblioteca.
Juegos de salón.
Televisión compartida.
Fútbol.
Básquetbol.
Vóleibol.
Bailes.
Cantina.
Secretaría.
Y sobre todo: familia.
Muchos —me incluyo— sentimos que esa sede era parte de nuestra rutina, de nuestra formación, de nuestra identidad.
Ahí se crecía.
Ahí se aprendía a ganar y a perder.
Ahí se escuchaban historias que hoy ya no están, pero siguen resonando.
Ochenta años después
Ahora, mientras cierro esta historia, nadie piensa en el frío que sigue golpeando las casas.
Ni en lo lejos que estamos.
Porque yo he regresado a mi verdadero hogar.
Nadie piensa en el sol que escasea.
Ni en las quejas del pasado.
Ni en las tardes de fútbol en la calle hasta morir.
Ni en los oídos adultos que a veces no escuchaban a los gurises.
Pero sí hay algo que permanece.
Hay un grito que retumba.
Hay un silencio que llora.
Hay caras tajeadas por el tiempo, más que por el frío.
Hay risas quebradas por el viento.
Porque hay un mundo nuevo dentro de este mismo mundo.
Obra y gracia de 80 años.
Y todo eso existe por una razón sencilla, inmensa, irrenunciable:
Por un Wilman de Arroyo Seco.
Por miles y miles y miles de kilómetros de pasión.



