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Las sandalias del Maestro: el día en que Davy me enseñó a caminar el periodismo

Porque Davy fue Maestro incluso cuando no supimos leerlo del todo. Porque nos enseñó sin levantar la voz. Porque muchos creímos copiarlo, cuando apenas logramos —con suerte— tocar sus sandalias.

LA OFI REAL /Desde Montevideo EDUARDO MÉRICA para FMFUTBOL.

 

Hay encuentros que no se buscan y, sin embargo, terminan definiendo una vida. O al menos una manera de vivirla. El mío con Davy, Dionisio Alejandro Vera Iparraguirre, fue así: casual, inesperado y definitivo. Ocurrió en el centro de Montevideo, en un lugar que para los periodistas tiene algo de santuario laico: la puerta del diario El País. No hubo escenario mejor ni momento más justo.

Yo llegaba con la ansiedad de quien todavía se sabe aprendiz. En eso, Efraín Martínez Fajardo, otro nombre grande, creador de la Copa El País de Clubes Campeones de OFI, me presenta con naturalidad:
Davy, te presento a un colega del interior…

Y ahí estaba él. El Maestro. El periodista que había leído, admirado, estudiado sin conocer. El hombre nacido en Paso de los Toros, que había llegado a Montevideo con el sueño de ser golero de Nacional y terminó atajando, pero palabras; defendiendo arcos invisibles, pero esenciales: los de la ética, la sensibilidad y la verdad.

Lo recuerdo con nitidez. No habló mucho. No necesitó hacerlo. Davy era de esos hombres que enseñan incluso cuando callan. Y sin embargo, ese día habló. Me dio consejos simples, directos, sin grandilocuencia, como suelen ser las verdades importantes. Consejos sobre el oficio, sobre la responsabilidad de escribir, sobre no traicionar jamás la esencia ni el origen. Sobre no creerse más de lo que uno es, ni menos de lo que uno debe ser.

Desde ese día —y puedo decirlo con orgullo— no me moví un ápice de lo que me sugirió. Cada crónica, cada nota, cada palabra escrita después, pasó por ese filtro invisible que me dejó en la puerta de El País. Fue un encuentro soñado, sí. Pero sobre todo fue un encuentro formativo. De esos que no figuran en ningún currículum, pero que pesan más que cualquier título.

Davy venía del interior profundo, del fútbol de tierra adentro, del tren, del barro, del sacrificio. Quizás por eso entendía como pocos el alma del deporte y del hombre común. Había sido casi futbolista, golero frustrado, sí, pero el destino —o la intuición de Carlos Reyes Lerena— lo puso en el camino correcto: el del periodismo. Y desde allí hizo escuela sin proponérselo.

Sus textos no se leían: se respiraban. “Lo que no dice la Crónica”, “La Filosofía de los Lagartos”, “La Crónica de los Martes”… eran lecciones disfrazadas de historias. Aguafuertes cargadas de humanidad, de luces y sombras, de gloria y derrota. Eran, también, pedazos de su propia vida: el éxito profesional conviviendo con una tristeza silenciosa, huraña, que lo mantenía lejos de los aplausos.

Ese hombre, que supo elevar la voz del fútbol del interior y cantar como nadie la epopeya de Maracaná, también cargaba dolores que muchos no supimos ver. Amaba a los perros con devoción —los mejores amigos del hombre— quizá porque algunos hombres le habían fallado. Y algunos «colegas», livianos e injustos, alguna vez terminaron diciendo sin entender: “Davy está loco”.

Hoy, con el tiempo y la madurez, uno comprende. Y duele.

Por eso esta crónica no es solo un recuerdo: es una confesión. Un agradecimiento tardío. Un pedido de perdón colectivo. Porque Davy fue Maestro incluso cuando no supimos leerlo del todo. Porque nos enseñó sin levantar la voz. Porque muchos creímos copiarlo, cuando apenas logramos —con suerte— tocar sus sandalias.

Aquel encuentro en la puerta de El País no duró mucho. No hizo falta. Me alcanzó para entender que el periodismo no es gritar más fuerte, sino decir mejor. Que no se trata de fama, sino de fidelidad a uno mismo y a la verdad. Y que el interior no es un lugar menor, sino una raíz.

Por eso, cada vez que escribo, vuelvo a ese día. A esa esquina del centro de Montevideo. A ese Maestro que me habló como quien deja una posta en el camino.

Gracias, Davy.
El resto —todo lo demás— sigue aprendiendo de vos.

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