Mi tío Ramón Mérica: el hombre que me enseñó a escribir la vida
Quince años sin Ramón Mérica: cuando el periodismo también pierde a un maestro

PERIODISTAS EN RED/Desde la frontera Rivera Livramento Eduardo Mérica para DIARIO URUGUAY.
Editorial | Ramón Mérica, mi tío
Hay muertes que no se cuentan en años.
Hay ausencias que no se miden en aniversarios.
La muerte de mi tío Ramón no ocurrió solo hace quince años: ocurre todos los días.
Ocurre cada vez que escribo una palabra y dudo si está bien dicha.
Cada vez que corrijo una frase para que diga exactamente lo que quiero decir.
Cada vez que entiendo que el periodismo no es apuro, ni grito, ni pose: es respeto por la palabra y por quien la lee.
Ramón Mérica fue mi tío, pero sobre todo fue mi mentor.
No me enseñó con discursos grandilocuentes ni con halagos fáciles. Me enseñó con rigor. Con exigencia. Con una mirada que no perdonaba la pereza intelectual ni el descuido del lenguaje. “Se dice hubo, no había”, me corregía, incluso delante de mis padres. No era dureza: era amor por el oficio.
Su primer regalo no fue un juguete ni una concesión: fue un diccionario Larousse enorme, casi intimidante. Me obligó a dormir con él debajo de la almohada, como si el idioma tuviera que filtrarse por ósmosis en los sueños. Y tenía razón. Antes de escribir, había que saber. Antes de opinar, había que entender. Antes de publicar, había que respetar.
Su muerte no cerró una historia.
La abrió.
Porque cada vez que escribo, lo invoco.
Cada vez que me niego a la mediocridad, lo honro.
Cada vez que elijo profundidad antes que ruido, sigue vivo.
Ramón no comprendía del todo las primeras herramientas tecnológicas, pero sí comprendió algo más importante: el poder que tendría Internet. En pleno nacimiento de los proyectos digitales, cuando muchos desconfiaban, él ya veía el horizonte. No dominaba la tecnología, pero entendía el futuro. Esa lucidez también era periodismo.
Mi formación no estuvo solo en libros: estuvo en su apartamento lleno de lecturas, en los diarios que le iba a buscar todos los días, en los recortes que guardé como si fueran tesoros, en los cines y teatros a los que me empujó a entrar para aprender a mirar el mundo. Mi primera biblioteca fue un diario. Mi primera escuela fue su paciencia exigente.
Nunca me regaló un sobresaliente. Nunca me dijo “está bien” si no lo estaba.
La única vez que lo vi verdaderamente feliz fue cuando debuté en La República y mi primera entrevista salió en portada. Esa alegría la compartió como se comparten los grandes triunfos: con colegas, en un bar, con orgullo silencioso. Ahí entendí que había aprobado el examen más importante.
Ramón Mérica fue un periodista de clase. De los que entrevistaron a Borges, al Che, a la Madre Teresa, a Morena, a Onetti. De los que hicieron del reportaje un acto de artesanía, de investigación y de literatura. Pero para mí fue, antes que todo eso, el hombre que me enseñó que el periodismo puede —y debe— volar alto.
Su muerte no cerró una historia.
La abrió.
Porque cada vez que escribo, lo invoco.
Cada vez que me niego a la mediocridad, lo honro.
Cada vez que elijo profundidad antes que ruido, sigue vivo.
Hace quince años se fue mi tío.
Pero todos los días, cuando trabajo con palabras, vuelve.
Y mientras yo escriba, Ramón Mérica no estará muerto.
JORGE LUIS BORGES CON CARLOS GIACOSA, RAMÓN MÉRICA Y PAUL BACCINO – CANAL 4, URUGUAY (1983)
Hace quince años, un 10 de diciembre, se fue mi tío. Se fue Ramón Mérica. Y con él, una manera de entender el periodismo, una ética del oficio y una devoción casi religiosa por la palabra bien dicha. No fue un día cualquiera: estábamos en pleno nacimiento de un proyecto que hoy sigue vivo, Diario Uruguay, cuando internet aún era un territorio incierto, casi artesanal, y la palabra “digital” sonaba más a experimento que a destino.
Ramón no entendía demasiado las herramientas tecnológicas que empezaban a asomar. No sabía de plataformas, algoritmos ni métricas. Pero entendió algo más importante: el poder que iba a tener internet. Intuyó que allí también se libraría la batalla por la palabra, por la información, por la calidad. Y eso le alcanzó para acompañar, para alentar, para no desestimar lo nuevo desde la nostalgia.
Fue mi mentor antes de ser consciente de que yo quería ser periodista. Desde muy chico reparó en mi lenguaje. Delante de mis padres, sin concesiones ni dulzura impostada, me corregía al instante:
—“Se dice hubo, no había”.
Su primer obsequio no fue un juguete ni una camiseta: fue un diccionario Larousse enorme, pesado, casi intimidante. Me impuso —con esa autoridad tranquila que solo tienen los que saben— que durmiera con él debajo de la almohada. Y me inculcó una regla simple y feroz: antes de escribir, hay que saber qué se dice, cómo se dice y qué significa exactamente.
Sin imponerme nada, hizo algo mucho más eficaz: me metió a leer todo lo que había en su apartamento. Leía de todo. Y tenía el privilegio —que entonces no dimensionaba— de ir todos los días a buscarle el diario El País gratis, a la empresa de la calle Cuareim, luego llamada Zelmar Michelini. Ese diario fue mi primera biblioteca. Durante la semana recortaba lo que me interesaba y lo pegaba prolijamente en cuadernos que aún conservo. Ahí empezó todo.
Otra felicidad eran los cines. Entradas de favor que mi tío me regalaba y la insistencia permanente en que fuera a ver películas, a conocer la cinematografía, a sentarme en salas de teatro. Lo segundo nunca me apasionó demasiado, pero lo importante era tener un maestro disponible siempre. Uno que jamás regalaba un sobresaliente, porque la exigencia era su forma de afecto.
La única vez que lo vi verdaderamente exultante fue cuando debuté en el diario La República y le mostré que mi primera entrevista había salido en portada. Un lugar privilegiado. Su alegría fue tal que la compartió con Arotxa, nada menos, en el bar tipo miniatura que existía en la esquina de Cuareim y San José. Ese día entendí que para Ramón el periodismo no era un trabajo: era pertenencia.
«Ramón Mérica fue un periodista de carrera larga y destacada. Las páginas de El País recogieron su sello inconfundible. Tenía una soltura natural para escribir, un don que ya se le notaba con apenas veinte años, cuando Elina Berro lo descubrió colaborando en Salto y lo convenció de venir a Montevideo. Al poco tiempo ingresó a la redacción de El País y se integró al equipo de Espectáculos, capitaneado por Homero Alsina Thevenet, junto a nombres como los hermanos Roldán, Beatriz Podestá y Miguel Carbajal.
Sus críticas cinematográficas revelaban sagacidad, humor, inteligencia. Luego incursionó en televisión, teatro y, sobre todo, en el terreno que lo inmortalizaría: la entrevista. Ahí fue incisivo, elegante, flexible con el idioma y generoso para elogiar a los verdaderos talentos. Dirigió el suplemento dominical y le impuso un estilo que aún hoy se recuerda. Algunas de sus entrevistas —como la realizada a Fernando Morena— provocaron polémicas inusuales en el ambiente periodístico montevideano, generalmente apacible. Mérica era capaz de incomodar. Y eso, en periodismo, es una virtud».

Su libro Agonistas y protagonistas fue para mí una revelación. Allí leí, siendo adolescente, la entrevista a Fernando Morena. Lo que encontré no era una nota: era literatura periodística. Mérica entraba en la casa del entrevistado, hablaba con la madre, describía el dormitorio, lo subía a un Fitito, lo llevaba a la playa. Intercalaba la muerte de Atilio García con el esplendor del joven goleador. Era información, contexto, emoción y reflexión sobre el tiempo. Todo junto. Periodismo que volaba alto. Confieso que me contó detalles que no podrían ser revelados jamás, sobre ese encuentro con el goleador. A tal punto, que siempre me insistía que publicara mucho más de esa entrevista que conservo en 4 cassettes, «porque hay más cosas para escribir de lo que declaró Morena».
Esa lectura me marcó para siempre. Comprendí que el periodismo podía ser algo más que preguntas y respuestas. Podía ser relato, profundidad, artesanía. Años después, intenté transmitir esa pasión a colegas, sabiendo que hoy resulta casi imposible encontrar medios dispuestos a financiar trabajos de esa calidad. La degradación de los contenidos, la comodidad, el reemplazo del rigor por el impacto fácil han empobrecido a la prensa y, con ella, a la sociedad.
Ramón entrevistó a Borges, al Che Guevara, a la Madre Teresa, a Piazzolla, a Onetti, a Josephine Baker, a Monzón. Hizo historia. Y sin embargo, fue ninguneado en sus últimos años por un círculo intelectual que suele olvidar rápido. Su final fue cruel: un accidente vascular le robó los nombres, la memoria inmediata, justo a él, que había vivido de recordar, de preguntar, de enlazar historias.
En 2007, publicó Con alma y vida, un libro armado desde la memoria, con una paciencia y una voluntad que son lección de vida. Doce entrevistas reconstruidas a fuerza de pensamiento, silencio y concentración. Era Ramón, era mi tío, mi mentor, peleándole al olvido.
Hoy, a quince años de su partida, la tristeza encuentra un consuelo: haberle agradecido en vida. Y estar a su lado hasta el último adiós. Porque Ramón Mérica no solo fue un gran periodista. Fue un maestro. Fue un contagio. Fue tinta.
Se fue Ramón. Se fue el hombre.
Pero su manera de hacer periodismo sigue caminando conmigo.
Y como él decía, para entender una ciudad —y este oficio— hay que recorrerla a pie.



