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MUSEO CHACARERO: AUF vs FUF: la guerra política que el fútbol nunca quiso contar

El fútbol uruguayo dejó de ser sólo deporte. Partió barrios, familias, escuelas, partidos políticos y hasta el Parlamento. La AUF quedó como el bastión legalista, reconocida por FIFA y CONMEBOL. La FUF, como el proyecto insurgente que buscaba refundar el sistema desde afuera.

MUSEO CHACARERO/Desde Montevideo Eduardo Mérica para FMFUTBOL. 

LA CRÓNICA DE LA REUNIFICACIÓN DEL FÚTBOL URUGUAYO

Cuando el deporte partió al país en dos… y el Estado tuvo que cerrarle la herida

Cuando el fútbol sudamericano comenzaba a abandonar la adolescencia y a asumir su mayoría de edad institucional, una crisis profunda —social, económica, política y deportiva— atravesó a casi todos los países del continente. No fue un fenómeno aislado ni exclusivamente futbolero: fue el reflejo de sociedades en transformación, de poderes en disputa y de un deporte que ya no podía sostenerse en la inocencia del amateurismo romántico.

La Confederación Sudamericana de Fútbol, fundada en 1916 en Buenos Aires por Argentina, Brasil, Chile y Uruguay, nació como respuesta a esa necesidad de orden. Sin embargo, lejos de estabilizar definitivamente el sistema, los años siguientes demostraron que el conflicto apenas comenzaba. Escisiones, ligas paralelas, desafiliaciones y disputas por la representación legítima del fútbol se repitieron con particularidades propias en cada país.

Argentina fue el caso más emblemático. La Asociación Argentina de Football (AFA), afiliada a FIFA, sufrió abandonos masivos de clubes poderosos que dieron origen a la Asociación Amateur de Football. River, Racing, Independiente, San Lorenzo y otros rompieron el molde. No una, sino dos veces: primero entre 1912 y 1914, y luego nuevamente desde 1919. El mensaje era claro: el viejo orden ya no contenía a los nuevos actores.

Uruguay: el fútbol como espejo social

En Uruguay, el proceso fue más lento, pero no menos intenso. El ingreso de las clases populares al fútbol generó tensiones inevitables. Ya no se trataba sólo de “quién jugaba”, sino de quién decidía, quién mandaba y para quién se organizaba el espectáculo.

El país atravesaba una etapa de fuerte institucionalidad democrática. Desde 1904 los resultados electorales se respetaban y el sistema político ofrecía una estabilidad poco común en la región. Pero el fútbol, como tantas veces, fue por delante de la política.

Dos clubes concentraban el fervor popular:

  • Nacional, fundado en 1899, símbolo del criollismo futbolero y animador constante del campeonato desde su ingreso a la AUF en 1901.

  • Peñarol, creado en 1913, heredero conflictivo del CURCC, con una identidad en construcción y una ambición creciente.

Los números hablaban solos. Entre 1912 y 1922, Nacional dominó el fútbol uruguayo con títulos locales e internacionales. Peñarol, en comparación, quedaba relegado. Esa desigualdad deportiva alimentó una convicción interna: el poder no se conquistaría en la cancha, sino en la estructura.

El quiebre: el cisma de 1922

En setiembre de 1922, antes del viaje de la selección uruguaya a Brasil para disputar la Copa América, Peñarol exigió que la AUF rompiera relaciones con la Asociación Argentina “oficial” y reconociera como interlocutora válida a la Asociación Amateur. La AUF se negó.

Luego vino el desafío abierto: Peñarol y Central solicitaron autorización para jugar amistosos con Racing e Independiente, clubes disidentes argentinos. La respuesta fue negativa. La advertencia, clara: jugar significaría la desafiliación.

El 12 de noviembre jugaron igual.

Dos días después, la AUF cumplió lo anunciado. Por 16 votos contra 1 (el único voto negativo fue del Club Lito), Peñarol y Central fueron expulsados. El fútbol uruguayo se partía formalmente en dos.

Peñarol respondió con velocidad y estrategia. En su propia sede, bajo la presidencia de Julio María Sosa Debrus, fundó la Federación Uruguaya de Football (FUF), sumando clubes barriales, empresariales y nuevas instituciones creadas al calor del conflicto.

El relato oficial hablaba de injusticia. Pero los documentos —revelados luego— contarían otra historia.

Los pactos secretos y la jugada mayor

Antes de forzar su expulsión, Peñarol había firmado en Buenos Aires un acuerdo secreto con la Asociación Amateur. Allí se reconocían mutuamente como entidades rectoras del fútbol argentino y uruguayo “alternativo” y se comprometían a trabajar juntas para crear una nueva confederación continental.

No fue un accidente. Fue una maniobra deliberada.

El Telégrafo de Montevideo destapó el escándalo el 16 de noviembre de 1922. Los acuerdos existían. Los nombres estaban. Las fechas también. Peñarol no reaccionó al cisma: lo diseñó.

El fútbol uruguayo dejó de ser sólo deporte. Partió barrios, familias, escuelas, partidos políticos y hasta el Parlamento. La AUF quedó como el bastión legalista, reconocida por FIFA y CONMEBOL. La FUF, como el proyecto insurgente que buscaba refundar el sistema desde afuera.

El laudo que cerró la herida

El triunfo olímpico de 1924 en París pareció, por un instante, borrar todas las diferencias. El país entero celebró unido. Pero la herida seguía abierta.

Recién en 1925, ante la parálisis y el desgaste, el presidente de la República José Serrato aceptó intervenir. Lo hizo con una condición innegociable: su fallo sería inapelable.

Ambas partes aceptaron.

Tras meses de trabajo y asesoramiento, el 9 de octubre de 1925, Serrato dictó su laudo:

  • La FUF desaparecía.

  • La AUF se mantenía íntegra.

  • El fútbol uruguayo se reunificaba bajo una sola estructura, reconocida internacionalmente.

No fue un triunfo deportivo. Fue un triunfo institucional.

La reunificación salvó la continuidad histórica del fútbol uruguayo, aseguró su lugar en el sistema FIFA y evitó un aislamiento que hubiese sido devastador.

Epílogo incómodo

La unidad, sin embargo, nunca fue total. En 1926, Peñarol volvió a negarse a ceder jugadores a la selección. El pacto con la Asociación Amateur argentina seguía pesando. Las cicatrices del cisma tardarían décadas en cerrarse… y algunas, todavía supuran.

La reunificación del fútbol uruguayo no fue un gesto romántico ni una reconciliación espontánea. Fue una decisión de Estado, impuesta para preservar una tradición, una identidad y una pertenencia internacional.

Porque cuando el fútbol se desborda, ya no es sólo fútbol.
Es poder.
Es política.
Y es país.

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