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Una novela Clara: Charles, el niño de los portones abiertos

Lo que Clara le había enseñado esa tarde de 1971 no se trataba del barrio, ni siquiera de Charles. Se trataba de aprender a mirar lo que vale la pena sostener.

AMATEURISMO EN EL BARRIO ARROYO SECO/Desde Montevideo Eduardo Mérica para DIARIO URUGUAY.

Capítulo 20: “Charles, el niño de los portones abiertos”

 

Era una tarde tibia de 1971, de esas en que la siesta parecía estirarse sobre todo el barrio. La calle Santa Fe estaba quieta, con los balcones a medio abrir y los perros dormidos junto a los portones. Ese día, Clara y Nicky caminaban sin rumbo fijo cuando lo vieron por primera vez.

Era pequeño, de piernas flacas y mirada despierta. Se llamaba Charles, aunque todos lo conocían como Wilson, el gurisito de la casa 1142, donde las macetas siempre inclinaban un poco hacia la vereda. Tenía apenas seis años, pero en la forma de observar el mundo había algo parecido a la urgencia de quien no quiere perderse nada.

—¿A dónde vas? —preguntó Clara.

—A donde vayan ustedes —respondió él, sin dudar.

Nicky sonrió. Y sin planearlo, los tres se convirtieron en una pequeña comparsa barrial, iniciando una aventura que, con el tiempo, se volvería leyenda entre los más viejos.

Caminaron primero hasta «El expendio de Leche», donde las botellas se apilaban como soldados de vidrio y el señor del delantal descolorido conocía la historia de cada desayunador del barrio.

—Mirá, Charles —dijo Clara—. Acá no solo se vende leche. Acá se guardan los secretos de todas las casas.

El niño la miró sin entender del todo, pero guardó esas palabras como quien atesora una figurita difícil.

Luego pasaron por la pensión, ese edificio flaco donde vivían los que venían “de paso”, aunque algunos llevaban veinte años allí. Un hombre mayor los saludó desde la ventana con un mate y una radio encendida en fútbol.

—¿Todos esos viven juntos? —preguntó Charles.

—No —contestó Clara—. Viven cerca, que es distinto.

El niño asintió, sin saber por qué, pero sintiéndolo cierto.

Siguieron viaje hacia la fábrica de aceitunas, donde el aroma salobre se escapaba en cada respiro.

—Dicen —comentó Nicky— que si laburás acá muchos años terminás soñando en verde.

Clara sacó su libreta —esa que siempre llevaba escondida en el bolsillo del abrigo— y anotó:

“Los sueños también tienen olor. En Arroyo Seco suelen oler a aceitunas.”

Charles la miró escribir, fascinado. Como si fuera magia.

La tarde avanzaba y el barrio comenzaba a despertar sus esquinas. Pasaron por la esquina de doña Gladys, que regaba las plantas mientras opinaba del clima como si fuera meteoróloga de Canal 12. Luego doblaron hacia el kiosquito atendido por la hermana de Gardiol, donde las revistas colgaban como señales del tiempo que iba pasando.

Charles compró un caramelo de menta. Clara otro. Nicky, dos.

—Cuando sea grande, quiero acordarme de esto —dijo el niño.

—Entonces anotá acá —le ofreció Clara, entregándole su lapicera.

Charles no escribió nada. Solo dibujó tres figuras de palitos caminando juntas.

Clara sonrió. Era suficiente.

Esa tarde, sin saberlo, Clara dejó más que anotaciones. Dejó una forma de mirar el barrio que Charles conservaría toda su vida. Y aunque los años lo llevaron lejos de Santa Fe 1142, cada vez que olía aceitunas, escuchaba un partido de fondo o pasaba frente a una pensión, recordaba aquella caminata.

No supo explicar nunca por qué, pero desde entonces, cuando pensaba en infancia, pensaba en Clara caminando adelante, anotando verdades invisibles.

Nicky, en cambio, nunca olvidó lo que ella le dijo al despedirse del niño al caer el sol:

—Hay chicos que aprenden a mirar antes de aprender a leer.
Los de este barrio, si los acompañás, aprenden a cambiarlo.

Esa noche, en la libreta de Clara quedó escrito:

“Hoy no fue solo paseo. Hoy caminamos la memoria del barrio con su futuro: Charles.”

Capítulo 21:  “El silencio de los fines de semana”

 

Después de aquella tarde con Charles, algo cambió en Nicky. No de forma brusca, sino como cambian las cosas importantes: despacio, desde adentro. Clara había plantado una semilla —la idea de mirar el barrio no solo como escenario, sino como responsabilidad— y desde ese día, cada paso que daba parecía responder a esa convicción silenciosa.

En casa, sin embargo, esa certeza convivía con un vacío.

Nicky creció solo con su madre, mujer discreta, de palabras medidas y manos aprendidas en la costura. Su padre, El Chato, era viajante, de esos hombres cuya presencia se anunciaba con regalos antes que con abrazos. Llegaba los fines de semana, siempre cargado de bolsas, anécdotas de ruta y esa alegría exagerada que solo tienen los que intentan ocultar una ausencia demasiado larga.

—¿Cómo estuvo la semana, gurí? —le preguntaba, sacando un camión de juguete, una pelota nueva o una camiseta de algún club del interior.

Nicky sonreía por compromiso. No había enojo, había distancia.

Con el tiempo, se acostumbró a que su madre marcara el corazón de los días, mientras su padre se volvía un visitante emocional. Esos sábados eran extraños: parecían felices, pero estaban hechos de todo lo que no se había dicho de lunes a viernes.

Una noche, después de cenar, el Chato le contó una de sus historias en la mesa del comedor. Hablaba de carreteras, de pueblos sin nombre, de boliches donde lo invitaban a tomar “para no pasar de largo”. Hablaba sin notar que Nicky lo miraba en silencio.

—Vos cuando seas grande vas a entenderlo —dijo el Chato.

Nicky bajó la mirada.

—Capaz que no —respondió, apenas audible.

El padre lo miró, sorprendido. No sabía que ese pensamiento ya lo había aprendido de Clara.

Durante la semana, cuando el Chato no estaba, Nicky acompañaba a su madre en los quehaceres, en el almacén, en la farmacia de la esquina, o simplemente mirando por la ventana cómo el barrio seguía haciendo su ruido. No eran conversaciones profundas, pero en ellas había algo más valioso: la constancia.

Y Clara, de algún modo, estaba allí también. Porque cada vez que Nicky dudaba de lo que sentía, recordaba su frase:

“No es cuestión de repetir. Es cuestión de decidir qué dejar afuera.”

Así comenzó a entender que lo importante no era llenar vacíos con regalos, sino elegir qué sostener cuando todo tiende a desaparecer.

Un domingo por la tarde, cuando el Chato ya se había ido nuevamente de viaje, Nicky se quedó solo en la cocina. Abrió una caja donde guardaba un cuaderno viejo, y en la tapa escribió:

“Cosas que no quiero olvidar.”

La primera anotación fue simple:

“Mi madre: siempre.”
“Mi padre: a veces.”
“Clara: para siempre.”

Lo que Clara le había enseñado esa tarde de 1971 no se trataba del barrio, ni siquiera de Charles. Se trataba de aprender a mirar lo que vale la pena sostener. Y Nicky, por primera vez, comenzó a decidir por sí mismo.

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