Una novela Clara: La intimidad desconocida del Wilman
El Wilman ya no era solo un club para Clara; era un escenario vivo donde las historias se apoyaban en la barra como copas vacías.

AMATEURISMO EN EL BARRIO ARROYO SECO/Desde Montevideo Eduardo Mérica para DIARIO URUGUAY.
Capítulo 20: “El latido del Wilman”
Nicky la tomó de la mano con esa firmeza tranquila que siempre lograba, de algún modo, silenciar los pensamientos de Clara. Era sábado por la tarde, el tipo de tarde donde el sol cae oblicuo sobre las paredes y los autos arrastran lentamente el cansancio de la semana. Caminaron en silencio por Agraciada, hasta que el viejo caserón apareció frente a ellos, como una cicatriz pintada en la fachada: Wilman FC.

Clara frenó sin querer.
No sabía por qué, pero cada vez que escuchaba a Nicky hablar de “su club”, había imaginado algo más grande, menos íntimo. En cambio, aquel lugar parecía contener una historia que no estaba escrita en carteles, sino en los ojos de quienes entraban.
—Vení, no muerde —le dijo él con una sonrisa ladeada, empujando el portón metálico.
Adentro, el olor a madera pulida se mezclaba con el clásico perfume a café recién colado. Un grupo de veteranos discutía una jugada de la Liga Amateur como si fuera una final mundial. Otro, más cerca del escenario, ensayaba una murga improvisada con guitarras desafinadas. En el fondo, se veía una cancha de básquetbol donde unos niños corrían detrás de la pelota como si nada más importara.
Clara observó rápido, con esa tímida urgencia de quien no quiere ser descubierta mirando demasiado. No había mujeres practicando deporte. Ni una. Solo madres en las gradas, cocinando tortas fritas en una mesita improvisada. La incomodidad subió como una ola silenciosa.
—¿Y… jugás ahí? —preguntó, señalando la cancha.
—Cuando puedo. Pero hoy vinimos a otra cosa —respondió él, mirándola con esa forma suya de anticipar sus miedos—. Vos no tenés que jugar, Clara. Vos tenés que conocer esto.
Ella no entendía bien qué era “esto”.
Fue entonces cuando escuchó música. En una sala lateral, un pequeño escenario armado con luces caseras y parlantes gastados albergaba un ensayo de tango. Una pareja mayor practicaba movimientos suaves, rozando el piso como si intentaran no despertarlo.
En otra mesa, una niña hacía los deberes mientras su abuelo le revisaba la ortografía entre mates. Un cumpleaños infantil estaba siendo decorado a los apuros con globos de colores del Club Nacional y listones rojos. Un pizarrón en la entrada anunciaba:
“Martes – taller de poesía popular. Jueves – peña abierta. Sábado 23/7 fiesta de 15 de Agustina.”
Clara se sorprendió. No era un club, era un corazón latiendo.
—¿Siempre fue así? —dijo en voz baja.
—No —contestó Nicky—. Antes era más fútbol. Más hombres. Ahora sigue siendo eso… pero también es otra cosa. Se fue mezclando con la vida de todos. Vos sabés… en Arroyo Seco, lo que no cabe en una casa, se celebra acá.
Clara tragó saliva.
Sintió algo parecido a pertenecer. Y sin embargo, una parte de ella seguía incómoda, como si ocupara un lugar no previsto.
—Hay algo que no me gusta —se animó a decir.
Nicky giró, atento.
—No hay mujeres jugando. Ni chicas entrenando. Solo mirando desde afuera. Como si el deporte acá fuera cosa de hombres.
Él suspiró, cruzándose de brazos.
—Tenés razón. Pero por eso… por eso quería que vinieras. Porque si yo algún día llego a cambiar algo acá… no quiero hacerlo solo. Quiero que lo hagas conmigo.
Ella lo miró. No supo qué responder. No estaba preparada para ser parte de nada, y menos de algo tan profundamente arraigado.
Pero entonces, una nena de no más de seis años, vestida con la camiseta del Wilman enorme como un camisón, le tiró de la campera.
—¿Vos sos la novia de Nicky?
Clara se sonrojó.
—No sé —respondió, sincera.
La niña sonrió como si su respuesta fuera el mejor gol de la tarde.
—Si querés, yo juego con vos. Total… ellos nunca me pasan la pelota.
Clara se agachó, la miró a los ojos, y en ese instante, supo que lo que la incomodaba no era el lugar… era lo que todavía no había ocurrido allí.
Giró hacia Nicky.
—¿Y si empezamos por ella?
Él asintió, sin palabras, pero con la emoción clara en su mirada.
El portón volvió a cerrarse detrás de ellos, mientras el sol caía del todo sobre la calle Agraciada.
En el Wilman, algo estaba por cambiar. Y quizás, también en Clara.

Capítulo 21: “Parroquianos de esquina”
El Wilman ya no era solo un club para Clara; era un escenario vivo donde las historias se apoyaban en la barra como copas vacías. Esa tarde, Nicky la había llevado con la vaga promesa de “conocer a los muchachos”, como si se tratara de un trámite inofensivo. Pero en Arroyo Seco, conocer a los muchachos nunca era solo eso.
Al entrar, el humo del asado de la parrilla improvisada los envolvió como un abrazo brusco. Sonaban cumbias viejas desde un parlante abollado. En una mesa, con una botella de medio bien fría y vasos de vidrio grueso, estaban los de siempre.
—Mirá quién llegó… —dijo uno con voz rasposa, al ver a Nicky—. ¡El hijo del Chato!
El comentario despertó risas y palmadas en la espalda. Clara observó en silencio.
Era el pardo Lombardo quien hablaba, un hombre ancho, curtido por sol y trabajo, dueño de una risa grave que se escuchaba antes de verlo entrar. A su lado los Pino, dos hermanos inseparables que parecían discutir hasta cuando coincidían. Y el flaco Alfredo Villar, con bigote apenas sobreviviente, que siempre decía cosas como quien hace un comentario histórico, aunque hablara de un penal del ’68.
—Ché, gurí —dijo Lombardo, señalando con el vaso—. ¿Y vos qué vas a tomar?
Hizo una pausa que no era casual.
—Tomate una, dejate de joder.
Clara lo miró de inmediato. Frunció el ceño. Nicky rió incómodo.
—Estoy con Clara… —contestó, queriendo salir del paso.
—¡Ah, bueno! —saltó Villar, levantando teatralmente las cejas—. Si viniste con ella, entonces que pida algo también.
Los Pino asintieron como si esa frase contuviera una lógica cósmica.
Clara respiró hondo, sin apartar la mirada.
—Yo tomo agua, gracias.
Hubo un silencio breve, incómodo como el chirrido de una puerta antigua. Lombardo la miró con curiosidad. No con burla, sino con algo parecido a respeto, aunque disfrazado de sorpresa.
—¿Agua? —repitió, como si estuviera aprendiendo una palabra nueva.
—Agua —confirmó Clara—. Y para él también.
Las carcajadas fueron inmediatas.
—Ta, gurí —dijo uno de los Pino—. Estás perdiendo potencia con esta muchacha, eh.
Pero Nicky no se molestó. Se limitó a responder con una leve sonrisa y los hombros relajados. Había algo distinto en él cuando estaba con Clara. Algo que incluso los veteranos notaban.
—Mi padre… —dijo Nicky, mirando la botella como si hablara con ella—. A mí me traía al Wilman, o a los boliches. Y cada vez que alguno me decía eso… “tomate una, dejate de joder”… él se reía. Para él era parte del ambiente.
—Y para vos ahora no —interrumpió Clara, firme.
Nicky la miró. En sus ojos había una mezcla de pasado y decisión.
—No —dijo.
Los hombres guardaron silencio. No por miedo ni reproche. Era un silencio de aceptación, lento, como cuando alguien entiende que algo está cambiando, aunque no sepa exactamente qué.
Fue entonces cuando el flaco Villar habló, acomodándose el bigote inexistente:
—Vos sabés, gurí… tu viejo era bravo. Pero si te viera ahora… capaz que se quedaba callado. Porque cuando uno se pone serio, es por algo.
Nicky asintió.
Clara miró a los presentes. Vio en ellos una historia larga de hábitos, de domingos iguales, de botellas vacías que eran casi rituales. Pero también vio una grieta por donde podía entrar algo nuevo.
—Capaz —dijo— que un día organizamos una charla. Sobre consumo, sobre deporte, sobre cuidado. Algo abierto. Para todos. Acá. En el Wilman.
El pardo Lombardo la miró largo rato. Después apoyó despacio el vaso sobre la mesa.
—Si vos la organizás… yo vengo —respondió.
Y uno a uno, los demás asintieron. Sin ruido, sin entusiasmo exagerado. Con esa seriedad simple de los hombres de barrio cuando se comprometen.
Clara sonrió. Nicky también.
El sol se filtraba oblicuo por la ventana del fondo, igual que cuando entraron. Pero el aire era distinto. Como si el Wilman, en silencio, hubiera dado su aprobación.



